¿Qué es el don de ciencia y sabiduría cristiana?

Don de ciencia es lo que conocemos como Don de palabra o don de conocimiento, el cual otorga cierta divinidad a este. Si deseas aprender todo sobre el don de ciencia, que dice la escritura y la teología al respecto, los dones del espíritu santo y mucho más, no puedes dejar de leer este artículo.

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Don de Ciencia

Don de ciencia explicado de manera sencilla es la habilidad de poder conocer algo acerca de alguna persona o de un evento sin que nadie nos lo hubiese contado. Entonces podríamos decir que es un don divino.

También, don de ciencia se podría definir como palabra de ciencia o de conocimiento que es como muchas otras biblias lo tienen, ¿Conocimiento por qué? Porque conocemos algo que nadie nos ha dicho. Podemos verlo con claridad y sentirlo en nuestro espíritu.

Ahora, la siguiente pregunta lógica sería ¿ese don sigue vigente hoy en día? Existe un grupo de creyentes ortodoxos que dicen que no, porque son sensacionistas y entienden que esos dones “sobrenaturales” cesaron para la Iglesia y que no volverán a aparecer y entraremos en gloria.

También, existe otro grupo de personas que no son completamente sensacionistas pero si extremadamente cautelosos, en pensar cuando un don como este pudiese o no manifestarse.

Resultaría sumamente difícil afirmar que alguno de nosotros posee el don de ciencia como para “predecir” la vida o acontecimientos de otras personas. La verdad, es que muchos creen que estos dones forman parte de un pasado que ya no volverá.

Estos “dones” quedaron en la época de los apóstoles y la autoridad apostólica, aunque en algunos contextos pudiese ser posible. Por ejemplo, quizás, luego de momentos largos de oración Dios pudiese concedernos algún tipo de conocimiento, un “impulso”, que nos permite hacernos consientes de algún problema o situación que nos aquieta a nosotros mismos o a otro.

Los seres humanos no somos infalibles, por lo que en vez de afirmar tal hecho o circunstancia, podemos es simplemente decir que en nuestra mente o nuestro corazón existe un sentir que nos lleva a pesar que puede estar ocurriendo una circunstancia específica.

Por ejemplo, que una pareja de esposos tienen un problema y la esposa o el esposo no están contando toda la verdad, pero si esto llegase a ocurrir entonces sería una palabra de ciencia y no un don de ciencia.

Lo que ocurre hoy en día es que si alguien afirma poseer el don de ciencia las personas automáticamente hacen una fila para que les “predigan su futuro” (lectura de manos, lectura de horóscopo, entre otros) y eso, es lo que las personas conocen comúnmente como Don de ciencia.

Creen y hablan de este don de ciencia como si esta estuviese al servicio de la humanidad. Esto pudiese aplicarse entonces desde el contexto de una consejería bíblica y se darían más casos particulares más que en las filas de personas que desean que les predigan su futuro.

Es realmente bastante difícil definir o afirmar que alguien pueda o no poseer dicho don, porque por ejemplo, una persona puede tener una experiencia en donde “reciba información” sobre una circunstancia específica, sin embargo, luego de esto puede pasar un año o toda una vida y nunca más experimentar algo así, entonces ¿esa persona tiene o no tiene el don?

El don como “habilidad especial”, sobrenatural, conferido en cierto momento por Dios es para su Iglesia más que para personas que se llaman a sí mismos “sanadores”, “videntes” o para quienes afirman que poseen el don de ciencia.

No podemos negar el hecho de que Dios puede en ocasiones utilizar algunas personas en momentos muy específicos, porque él entiende que ese caso específico requiere de cierta asistencia especial y desde ese sentido si se pudiese decir que “existe” este don.

Pero lo que no podemos afirmar es que el don de ciencia como lo experimentó la Iglesia o los discípulos es muy distinto. Debemos entender que cuando experimentamos algo así depende mayormente de la soberanía de Dios y no de nosotros como humanos como “dones especiales”.

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Sagrada Escritura

 Jn 1, 47; Lc 5, 21-22; 7, 39 s nos dice que Jesús, conoce a todos y cada uno de los hombres, los conoce como la palma de su mano y conoce perfectamente nuestros anhelos, dudas, miedos, alegrías y debilidades que habitan en nuestra mente y corazón, pues este conocía a todos los hombres no solo por fuera, sino también por dentro y no necesitaba información adicional de nadie (Jn 2, 24-25).

Para ningún cristiano es secreto que el Espíritu Santo nos otorga una claridad inexplicable, permitiéndonos entonces comprender algunas verdades y cosas de Dios en el mundo, su obra. Esto no puede generarnos dudas sobre Dios y su manera perfecta para obrar.

Dios nunca se equivoca y cuando requiere de algunos de sus hijos para que se conozca una verdad no dudará en obrar a través de él para lograr su voluntad, tal y como lo hizo a través de su hijo unigénito Jesús y sus discípulos.

Mc 11, 2-6; 14, 12-21. 27 – 30 nos dice que Jesús ungido con la gracia del Espíritu Santo pudo visualizar  y comprender perfectamente a que había venido a este mundo, cuál era la voluntad del padre, e incluso, pudo conocer (y aceptar) el futuro de muchos, su misión de salvación, como sería su proceso hasta su resurrección, muerte, y finalmente, ascensión.

Más allá de Jesús ser un maestro, es la gracia del Espíritu Santo quien nos comparte información enviada por Dios, para multiplicarla y cumplir con un propósito, más nada tiene que ver con que seamos una especie de “ser iluminado” con dones sobrenaturales.

Jesús, poseía un poderoso don de ciencia, por ello, en Jn 16,4 nos anuncia que cuando haya llegado la hora, recuerden todas las enseñanzas que él les ha dado y no tengan miedo porque Dios estará siempre con cada uno de ellos.

Quizás, él ya no estaría físicamente en este mundo, pero siempre viviría en cada uno de los corazones de sus discípulos y de todo aquel que creyese en él y en la palabra de Dios.

1 Cor 2, 16 nos dice claramente que aquellos hombres empapados de la gracia del Espíritu Santo poseerán este don de ciencia, y podrán, al igual que Jesús conocer temas, circunstancias y problemas de otros, porque el Espíritu Santo así lo habrá anunciado y nos permitirá ver a través de los ojos de Jesús.

Cuando un hombre cristiano descubre el don de ciencia queda maravillado ante tanta belleza y comprende que Dios habita en cada una de sus creaciones, entiende, la inmensidad de Dios Padre y realidades que jamás consideró desde esta nueva y clara perspectiva.

Cuando un hombre descubre el don de ciencia, comprende también que su vida es efímera, y que este don que le ha sido otorgado por Dios a través de la gracia del espíritu santo no es para sentirse un ser superior y vanagloriarse, sino que le es dado para ayudar a otros, mejorarse a sí mismo y rendirse ante el padre como pecador.

Para comprender que la vida es una sola, y que además, es efímera, cambiante, e impredecible. Porque el hecho de poder visualizar un evento futuro, no quiere decir que esto no pueda modificarse.

En la Santa Biblia, podemos encontrar cantidad de testimonios sobre nuestros pecados como seres humanos, pero también, como el donde ciencia permite a otros guiarse, aprender de la palabra de Dios y seguir su camino, su ejemplo y su vida.

1 Cor 7,29.31 Jesús nos expresa que el tiempo que tenemos para disfrutar de esta vida y es corta, no sabemos cuándo será nuestro último día en este plano, por ello, es importante aprovechar cada instante y desarrollar nuestro potencial, ser tan felices como podamos, amarnos y amar a otros con toda nuestra mente y corazón.

2 Cor 4,18 nos invita a enfocarnos no en lo visible a nuestros ojos, sino ante lo invisible, ya que es allí donde encontraremos la dicha, el gozo y la eternidad.

Lo visible son los bienes materiales, el desear poder, el perseguir cosas: dinero, fama, ser ambiciosos, mientras que lo invisible es la divinidad, trabajar en nuestra propia santidad, seguir el camino de Dios, ser buenos cristianos, apoyar a nuestros hermanos, amar a nuestro prójimo, entre otras.

Las cosas materiales tienen una fecha de caducidad y no nos aportan valor como personas o nos ayudan a crecer, por el contrario, lo invisible, aquello que podemos visualizar solamente con nuestro corazón dispuesto es eterno, forma parte de nuestro legado, de esas experiencias que nos enriquecen y nos invitan a ser cada día una mejor versión de nosotros mismos.

Ante esta perspectiva del don de ciencia, no existe ningún tipo de desprecio hacia el mundo visible o las criaturas que habitan en él, por el contrario, es una invitación a ver más allá de lo evidente, o mejor dicho, a empezar a detallar todo aquello que nuestro corazón puede ver pero nuestros ojos no.

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Es también, comprender que hay mucho que no entendemos porque constantemente nos limitamos y saboteamos a nosotros mismos, pero si aclamamos y rogamos a Dios para que nos permita entender con sabiduría todo aquello que quiere transmitirnos y le abrimos nuestro corazón, nos convertimos en un instrumento para él, que puede escucharle más fuertemente y glorificarle con mucho más entusiasmo y amor.

Cuando comprendamos que el don de ciencia es otorgado a aquellos que son reconocidos por otros como seres humildes, bondadosos y amorosos, que debemos rendirnos ante Dios todopoderoso, porque su amor, misericordia nos acompañan en cada una de nuestras dificultades.

Cuando entendemos, que solo Dios tiene el control de nuestra vida, que solo él puede obrar a través nuestra, que si él lo quisiera se manifestaría con tal plenitud que hasta las estrellas desaparecerían, entonces, comprenderíamos el amor hacia nosotros y que nos ha creado con un propósito, una misión, solo que en ocasiones hacemos oídos sordos o nos negamos a ella.

Siempre van a existir personas que crean los sacramentos, la fe o las sagradas escrituras son una farsa, un intento de manipulación de los seres humanos en nombre de Dios con la intención de dominar a otros.

Estos, sumergidos en su ignorancia, afirman que la palabra de Dios es abstracta y que la única verdad y realidad es la que se muestra ante nuestros otros de manera tangible, que la única verdad, es aquello que podemos explicar de manera científica y no desde los sentimientos o la intuición.

Siempre habrán personas que no tengan fe o no crean en milagros, y en la libertad que nos ofrece Dios eso está bien para ellos, sin embargo, por lo general, estas personas que se niegan a ver más allá de sus ojos, se sienten vacíos, poseen miles de carencias, no solo materiales, sino afectivas, se cierran, a ellos mismos, la posibilidad de ver y percibir el mundo de manera distinta, más honesta, bondadosa y amorosa.

Estos hombres, por su condición auto impuesta, carecen de todo conocimiento de Dios, de su amor misericordioso y su palabra, y por su misma necedad son incapaces de reconocer en ellos mismos su fuente, su origen, que están hechos a imagen y semejanza de Dios, y si se lo permiten, pueden percibir el mundo a través de sus ojos (Sab 13,1).

El don de ciencia, por el contrario, nos permite visualizar ese mundo invisible y aunque muchos lo consideren “irreal” es tan real como nuestra propia existencia.

El don de ciencia le otorga un sentir divino a nuestra condición de “forasteros” y “peregrinos” en este aquí y este ahora (1 Pe 2,11) ya que toda nuestra vida y experiencia humana es percibida como nuestro “tiempo de peregrinación” (1,17).

Rm 1,20; +Sab 13,4-5 nos expresa que el poder y divinidad de Dios puede ser conocida por las criaturas de Dios, siempre y cuando estés dispuestos y con el corazón abierto.

Flp 3,7-8 nos dice que el apóstol Pablo, sacrificó todo por el gran amor que sentía hacía hacia su maestro y por Dios que se consideraba pequeño ante la inmensidad y el poder de Dios.

El don de ciencia, permite a los hombres cristianos descubrir y apreciar la verdad sobre el mundo que le son reveladas, liberándose de la venda que ciega los ojos de los ignorantes, de los hombres carnales y quienes niegan de la existencia y la palabra de Dios.

Esta venda, puede cegar incluso a los hombres más virtuosos aunque sea en un grado menor, y estos normalmente están relacionados y condicionados por las circunstancias, épocas y experiencias que se viven en estos tiempos modernos.

Perderse es muy sencillo, por ello, el don de ciencia nos otorga claridad ante tanta incertidumbre, velocidad y angustia.

Ef 4,12-14 nos dice que Jesús nos invita a vivir como niños, que fluyen y se dejan llevar, que no cuestionan y solo siguen la doctrina, que no se dejan engañar por los hombres, porque su fe es más grande que sus dudas.

Esto él lo define como vivir de manera “perfecta”, buscar nuestra propia santidad y acercarnos cada día más a Dios.

Por otra parte, el don de ciencia es un don otorgado por el Espíritu Santo a los humildes y dispuestos a ayudar a otros, no a aquellas personas que solo buscan enaltecerse y obtener reconocimiento y se jactan de según ellos sus propios conocimientos e “iluminación”.

El maestro Jesús no poseía estudio académico alguno, sin embargo, era gran conocedor de ciencia espiritual, de la palabra de Dios y muchas otras cosas más, lo cual, hacía que las personas se preguntasen ¿de dónde provenía tanta sabiduría?

¿Cómo este hombre podía saber tanto si no poseía estudio alguno? Si era tan solo un carpintero ¿quién podría proporcionarle tal información? (Mc 6,2-3).

Una de las cosas más impactantes para las personas que decidían acercarse a escuchar siempre al Maestro Jesús era su capacidad para leer su corazón, tanto las que le causaban alegría como la que le angustiaban y generaban inquietud. Jesús, sabía todo lo que habían hecho y quienes eran en realidad, ¿cómo podía saber esto?

La respuesta es más sencilla de lo que parece, en realidad, Jesús tenía este don de ciencia que había sido otorgado por su Padre, el mismo Dios Todopoderoso y eterno. El mismo don de ciencia que le es otorgado a los humildes de corazón. Jesús, con su sabiduría nos enseña:

Que cuando sintió que el Espíritu santo le había otorgado el don no solo a él sino a los pequeños y humildes, y le había ocultado esto a los eruditos miró al cielo y dio gracias al Padre (Lc 10,31).

Teología

El don de ciencia es entonces según lo expresado en Sth II-II,9 un hábito aparentemente “sobrenatural” que es otorgado por el Espíritu Santo por la gracia de Dios como un regalo para que clarifique su entendimiento de sí mismo y de cómo percibe al mundo.

El Espíritu Santo siempre nos juzga de manera justa y otorga a quien lo merece este don de ciencia para que esta persona reciba una lucidez más allá de nuestro entendimiento, se convierta en un instrumento de Dios, en un mensajero de su palabra y vislumbrando ese mundo invisible para otros.

Es importante destacar que a pesar de que este hombre o estos hombres puedan mostrar un mundo invisible no todos podrán percibirlo, pues así como las parábolas de Jesús eran incomprendidas para aquellos que negaban del poder de Dios, así mismo el mundo invisible solo se hará visible antes ojos humildes.

El don de ciencia nos ayuda a perfeccionar la fe como virtud y nos proporciona nuevas luces y un conocimiento con tono divino.

Algo que debemos destacar es el hecho que don de ciencia no debe confundirse (ni es igual) con ciencia natural, es decir, aquella ciencia que conoce ciertas cosas debido a sus causas naturales, remotas o próximas.

Es también, el don de ciencia distinta a lo que se conoce como ciencia teológica, pues en esta, la razón viene iluminada por Dios, la fe que se posee y las nuevas luces, que por ejemplo, son otorgadas al Papa, obispos y demás religiosos para guiar a su pueblo y cumplir con su misión de vida: guiar a las ovejas del señor, ser sus representantes y voces de Dios en la tierra.

El don de ciencia por la gracia del Espíritu Santo permite conocer sin mayor esfuerzo que nuestra fe y haciendo a un lado nuestra razón, no cerrándonos o negándonos a una realidad que nos ha sido revelada con completa naturalidad por Dios.

Nos permite comprender que nuestra vida en esta tierra es efímera y es conocida por Dios desde el momento de nuestro nacimiento, misión de vida y hasta nuestra muerte, porque no somos eternos, sin embargo Dios Padre es bondadoso y nos promete disfrutar después de la muerte una vida de amor y gozo, donde no existe pecado o el dolor a su lado.

El don de ciencia posee dos efectos que contrario a lo que muchos creen no son opuestos, sino que más bien, se complementan. Por una parte, genera una reflexión profunda, sincera y personal, que nos permite entender que hemos estado haciendo hasta ahora, si hemos obrado de manera correcta o incorrecta y redireccionarnos si es necesario.

Es comprender nuestro mundo y nuestra humanidad desde un sentido más profundo, desde adentro, desde nuestro origen. Y también, nos permite, hacernos conscientes de que nuestras acciones del presente pueden afectar de manera importante nuestro futuro, e incluso, nuestra “eternidad”.

Cuando percibimos el mundo desde la perspectiva del don de ciencia empezamos a darnos cuenta de trivialidades, precariedad, entre otras cosas, que por primera vez parecen tan claras ante nuestros ojos, o mejor dicho, nuestros ojos del alma, una mirada, a través de Dios.

Hoy en día, los cristianos, matrimonios, profesores, hombres de negocio, políticos, novios, niños y jóvenes, párrocos, obispos, teólogos, religiosos en general y cualquier persona sin importar su raza, color, creencia necesitan del don de Dios más de lo que imaginan, lo que no terminan de comprender es que este don debe ser perfeccionado y desarrollado.

Todos, absolutamente todos necesitan del don de ciencia para que su mente pueda expandirse y abrirse a un nuevo nivel de entendimiento de sí mismos y de otros, pero como todo, un don no debe ser utilizado a la ligera, pues representa una gran responsabilidad.

Así como nos resulta evidente que un médico cirujano, por ejemplo, no puede ejercer su profesión porque se ha quedado ciego, ese mismo nivel de claridad puede otorgarnos el don de ciencia.

Santos

Juan de Santo Tomás llamó al don de ciencia, “la ciencia de los santos”, haciendo referencia a que Dios en Sab 10,10; In I-II, d.18, 43,10 cuando dijo que “Dios les había otorgado la ciencia de los santos.

El don de ciencia ha brillado siempre, tanto ante los cultos como ante los incultos, revelando Dios su mundo invisible. El mundo para aquellos que lo perciben desde esta perspectiva distinta no puede percibirse de otro modo que no sea a través del amor de Dios y la gracia del Espíritu Santo.

El mundo deja de ser para estos elegidos por Dios un mundo de tentación y distracciones y se convierte en un proyecto de vida en donde lo más importante es la relación de ellos con Dios y que otros conozcan su palabra, su amor, su misericordia y su bondad.

 Por ejemplo, San Francisco de Asís, hablaba con tanta devoción y amor por Dios que era inevitable sentirse inspirado por sus discursos maravillosos, sus milagros, y a pesar de los retos personales, llevar la palabra de Dios a cada persona donde se encontrase era parte de su misión de vida.

Esto es un gran ejemplo de lo que significa una persona ungida con el don de ciencia.

San Francisco de Asís, así como muchos otros religiosos que estuvieron dispuestos a morir defendiendo el amor y el poder de Dios, invitaban a otros a conocer la palabra de Dios, a compartir su amor y sabiduría, su camino hacia la salvación y todo esto que profesaban no provenía de un libro, como ahora, sino que provenía de la fuente divina, del mismo Dios.

Tomás de Celano, II Vida cp. 124, nos relata que San Francisco de Asís caminaba con cierta reverencia y dejaba apagadas las velas, lámparas y luces porque era su manera de no extinguir lo que para él representaba la luz eterna.

En cierta ocasión, se llamó a sí mismo “roca”, pero, surgen la pregunta ¿cómo podía manejar toda esta información?

¿Cómo un hombre podía ser tan sabio e incluso hacer milagros? La respuesta: es que este poder provenía de Dios y del don de ciencia, respectivamente.

Y este don, hace que todas las criaturas que forman parte del mundo visible se rindan y se conmuevan, y se sientan atraídos a conocer de este mundo invisible.

Otro gran ejemplo de don de ciencia sería San Juan de Cruz, este era un poeta, pero también un místico, que sabía perfectamente como hallar palabras hermosas que expresaran su sentir.

Cántico 5,1 nos dice que la primera consideración para desarrollar este don de ciencia y de nuestro espíritu es desear conocer a Dios y a su amor infinito, bondadoso, misericordioso e incondicional, rendirse ante su creador y reconocer su omnipresencia y omnipotencia.

Desear conocer al mundo, conocer a sus criaturas, no sin antes conocernos y reconocernos como instrumentos de Dios, sus siervos y entregarnos a él y a su voluntad divina.

Cántico 5,3 nos expresa que Dios obra a través de los hombres y de los ángeles, sin embargo, crear es un proyecto que no hace ni hará por sí mismo o de manera independiente, pues él, desea que nos involucremos y formemos parte de esta creación.

El alma de sus criaturas se llena de gozo al disfrutar de la inmensidad y belleza de la creación de Dios, al comprender, que no sólo Dios hizo su parte, sino que nosotros formamos parte de esa creación resulta maravilloso y divino haber formado parte de algo tan grande. Formar parte del plan divino de Dios es simplemente indescriptible.

Al contemplar el mundo, el alma de los creyentes que es afortunada de gozar del don de ciencia, pues encuentra un genuino sosiego y sabiduría que nos otorga Dios y que se encuentra siempre en perfecta armonía con su gracia, palabra y obras  (14,4).

No existen bienes materiales que puedan hacernos sentir llenos, plenos, y gozosos, solo el amor de Dios es capaz de hacernos disfrutar de la plenitud de una vida armónica y en paz. Es Dios, el único que puede ofrecernos perspectivas distintas ante nuestros problemas y quien nos ayuda a salir victoriosos de ellos.

El don de ciencia, nos permite reconocer y comprender la belleza y el verdadero significado de una vida colmada de la gracia del Espíritu santo y del amor de Dios. Un ejemplo claro de ello, es la Santa Catalina de Siena.

Santa Catalina de Siena, fue una mujer ejemplar, amorosa y temerosa de Dios, entregada a su voluntad, y en cierta ocasión le comentó al Beato Raimundo, quien era su director, lo siguiente:

Que si conociese el encanto que posee un alma racional, poseedora del don de ciencia, no dudaría entonces ni por un instante en hacer hasta lo imposible por salvar esa vida, pues, no existe nada en el mundo que pueda igualar tal cosa: un lenguaje de amor y devoción, un lenguaje de inspiración (Leyenda 151).

Santa Teresa, también compartía este pensamiento, y decía: que el alma que posee una persona justa, puede compararse con un paraíso y su divinidad (I Moradas 1,1)

Por su parte, San Juan de la Cruz, expresaba que no existía cosa más hermosa en este mundo que un alma hermosa, ungida en la gracia del Espíritu Santo y del Don de ciencia, el don otorgado por Dios (Cántico 1,7).

Sin excepción, Jeremías afirma que todos los que son considerados como Santos, han logrado comprender una cosa: que no existe nada más bello, nada más grande y nada más maravilloso que Dios. Sus criaturas y todo lo que nos rodea es pequeño en comparación a la inmensidad de Dios (1 Subida 4,3).

No existe amor más puro, incondicional, maravilloso y que nos llene de gozo que el que Dios nos ofrece día a día y en todo momento, a pesar de nuestros defectos, a pesar de nuestros pecados, a pesar de negarle y reclamarle por las cosas que deberíamos hacer nosotros mismos.

Mientras el mundo es percibido por la mayoría de manera banal, básica, en donde el único importante pareciera ser los placeres del cuerpo, satisfacer nuestras necesidades y acumular bienes, el donde la ciencia es la luz que nos guía y nos permite ver la vanidad, la indiferencia, el desprecio, lo superfluo, y transmitir esta nueva verdad que nos ha sido revelada a cada criatura que habita este mundo.

Los dones del Espíritu Santo

Desde que somos niños y gozamos de una vida cristiana hemos escuchado hablar sobre el Espíritu Santo, su gracia y sus dones, que es el mensajero de Dios, sin embargo, en esta ocasión lo conoceremos desde un punto de vista distinto, otorgado, por la perspectiva del don de ciencia.

Naturaleza del Don de la Ciencia

El don de ciencia es un don sobrenatural otorgado por Dios, y nada tiene que ver con una ciencia filosófica o una ciencia humana, tampoco, con una ciencia teológica, sino de un conocimiento que va más allá de nuestra comprensión y que es otorgada por Dios a través del Espíritu Santo.

El Espíritu Santo, nos invita a visualizar el mundo y a comprendernos mejor, a apoyar a nuestros hermanos y hermanas y a ser mejor, a hacernos más humildes, a percibir y descubrir el mundo como un niño, desde el amor y sin cuestionamientos, en libertad y devoción por nuestro Padre.

El don de ciencia como hábito se refiere al entendimiento de nosotros mismos, al fortalecimiento de nuestra fe y a una virtud otorgada a solo los humildes y pequeños.

Bajo la gracia del Espíritu Santo significa que es este el único que puede otorgar y poner en movimiento dicho don. Evidentemente, este nuevo conocimiento, esta nueva visión y percepción de la vida trae consigo una gran responsabilidad que no debe ser utilizada a la ligera.

Este don, expande nuestra mente con un toque divino, nuevo, agradable, que al principio nos perturba un poco porque toda nuestra vida hasta ahora parece una mentira.

Muchas de las cosas que antes nos parecían importantes ahora parecen triviales, y el único camino que nos sentimos inspirados a seguir es el camino de Dios y nuestro deber con este nuevo Don es “iluminar a otros” para que también puedan amar y glorificar a Dios Padre y amarle sin medida.

Que nos juzga de manera recta: Esta es la razón que marca la gran diferencia que hay entre el don del entendimiento del don de ciencia. El don del entendimiento se basa en una gran intuición, pero esto no representa nada sobrenatural y tampoco emite juicio alguno.

Por otro lado, el don de ciencia juzga lo divino, más no la creación y la información que se recibe, esa nueva perspectiva y una vida llena de nuevas posibilidades es otorgada por Dios a través del espíritu santo, no es una información que pueda deducirse o intuirse de ninguna manera.

Importancia y Necesidad

El don de ciencia juega un rol importantísimo y vital que permite que nuestra fe se desarrolle, crezca y expanda de la manera correcta. No basta con poseer una información, sino en utilizarla por y para el bien de nuestros hermanos y hermanas.

No se trata solo de poseer el don sino de utilizarlo con responsabilidad, de manera humilde y sin ninguna intención de engrandecernos o creernos superiores a ningún otro ser humano.

Este instinto, hábito o don sobrenatural nos permite juzgar lo divino y es lo que hace que nuestra fe no se tambalee, sino que por el contrario se fortalezca.

Efectos del Don de la Ciencia

Los efectos del don de ciencia son bastante amplios, por ello, dedicaremos una explicación a cada uno de estos efectos, para poder entonces, poder comprender mejor este don de ciencia.

Nos enseña a juzgar rectamente de las cosas creadas por Dios

El Padre Philipon afirma que el don de ciencia produce una sacudida a nuestra mente y alma, y nos muestra lo pequeño que somos ante el poder de Dios y nos hace sentir entonces vacíos, ¿y cómo podemos llenar este vacío? ¡Claro! Con el amor de Dios.

Es este Don de ciencia el que hizo que San Francisco de Asís y miles de mártires murieran sintiéndose dichosos por haberse mantenidos a su fe y al amor de Dios y si hubiesen tenido la oportunidad de una vida más, no hubiesen dudado ni por un instante amarle, servirle y entregarle sus vidas como lo hicieron aquella vez.

A pesar del martirio, el sufrimiento, las humillaciones y rechazos, ellos sintieron verdadero gozo, de haber dedicado y entregado sus vidas a Dios. Y es que cuando el universo nos revela sus misterios nuestra vida no vuelve a ser la misma.

Cuando comprendemos que nuestra misión es llevar el mensaje de Dios a otros todo lo demás, incluso nuestra vida, pareciera cobrar un sentido distinto. Fue también el don de ciencia el que se manifestó en Santa teresa y le otorgó esa facilidad para expresarse y hacer comprender a otros la inmensidad de Dios, apoyándose en semejanzas y comparaciones tomadas del mundo visible, de lo ya creado.

Nos guía certeramente acerca de lo que tenemos que creer y no creer

Este punto no requiere de mucha explicación, pues el título en sí mismo nos expresa a que se refiere. El don de ciencia nos guía en aquello que debemos creer, pero también en aquello que no debemos creer. No es necesario realizar un curso o estudiar teología, porque se trata de sentir, de seguir una doctrina con devoción y sin cuestionamientos.

No es necesario que seamos estudiados o no, simplemente debemos saber escuchar y cumplir la voluntad del padre tal y como nos es indicado. Rendirnos ante él y someternos a sus deseos.

Nos hace ver con prontitud y certeza el estado de nuestra alma

El don de ciencia nos hace percibir con tanta claridad el mundo que nuestra alma pareciera ser casi transparente, ya no solo ante Dios, sino también a nosotros mismos.

Por primera vez, podemos ser un libro abierto, sincerarnos de verdad, y comprender nuestras virtudes y defectos, de manera honesta, responsable y enfocarnos en mejorar, en construir una mejor versión de nosotros mismos.

El reconocernos pecadores, imperfectos, débiles y pequeños ante Dios, el sincerarnos, nos permite crecer, servir más, querer aportar más, aportar de manera significativa, hacer el bien sin mirar a quien, amar más y de mejor manera.

Nuestro corazón, nuestros actos, nuestras alegrías y tristezas, nuestros logros y derrotas, todo, absolutamente, cobra un nuevo sentido y nos invita a reflexionar de manera profunda al respecto.

Nos inspira a conducirnos junto a otros para alcanzar nuestra santificación y la vida eterna

El don de ciencia es práctico, se trata de sentir y ser prudentes, permitir su influencia en nuestras vidas, permitir que Dios obre a través de nosotros por la gracia del Espíritu Santo que nos otorga un nuevo nivel de comprensión, nuevas luces y perspectivas, para no solo comprender mejor nuestra vida, sino también para ayudar a otros a resolver de manera audaz sus problemas, enfrentarlos con inteligencia, fe y sabiduría.

El don de ciencia, nos inspira a seguir el camino de Dios y ayudar a otros también a seguirle y guiarles de la manera más prudente para lograr nuestra propia santificación, y por supuesto, gozar de la vida eterna, de la promesa del padre de una vida sin dolor y sin sufrimiento a su lado, en su reino en la tierra.

Nos desprende de las cosas en la tierra

Desprendernos de algunas cosas aquí en la tierra no es más que la consecuencia de esta nueva conciencia, por llamarla de alguna manera. Es inevitable, que luego de que nuestra mente se expandiera decidiéramos abandonar ciertas cosas: hábitos, amigos, relaciones, modos de ser, actuar y pensar, entre otros.

Nos enseña a usar santamente de las criaturas

Este sentir, es un complemento del punto anterior, puesto que así como nos desprendemos de algunas cosas también adquirimos otras, y esto, también, resulta inevitable.

Nosotros, como seres humanos somos tan pequeños ante el Poder y la inmensidad de Dios que podríamos decir que somos un grano de arena en un océano, así de pequeños somos ante él.

Entonces, a que se refiere esto de “usar santamente a las criaturas”. Bueno, veámoslo con historias, en todos los ejemplos de vida de aquellos que luego fueron nombrados y reconocidos como Santos o mártires. En como estos, ejercieron una influencia positiva en otros y le invitaban a seguir a Dios, a tener fe, a temer de él.

Nos llena de contrición y arrepentimiento de nuestros pasados errores

¡Por supuesto! Una vez que se nos otorga el don de ciencia y tenemos tanta claridad, caemos en cuenta de muchas acciones que en apariencia eran “buenas” o piadosas pero que en realidad, desde esta nueva perspectiva parecen ser no tan buenas.

Hacernos conscientes de nuestros errores del pasado está bien y es hasta necesario, deben servirnos de lecciones, y nos muestran que tenemos que empezar a ser y actuar de manera distinta.

Juzgar a otros, es juzgarnos también a nosotros mismos puesto que nuestros hermanos son un reflejo de nosotros. Todo lo que vemos y señalamos de otros, es porque existe en nosotros carencia de ello. Todo lo que nos incomoda de otros es porque en nosotros también existe, aunque lo neguemos y nos cerremos a reconocerlo.

Aprender de nuestros errores, aceptar nuestra responsabilidad, hacernos más conscientes y empezar a actuar de manera consciente nos sirve como una palanca, para llegar a Dios con mayor facilidad.

Bienaventurados y frutos de él que se derivan

Esto se refiere principalmente a que la tercera bienaventuranza evangélica concierne al don de ciencia. Mateo  5,5 nos expresa que bienaventurados son aquellos que lloran porque serán consolados. Las lágrimas, porque al hombre hacerse consciente de sus pecados llora e implora por su perdón a Dios, se acepta como pecador.

Y llora, porque desea disfrutar de la vida eterna junto al padre y siente que sus errores del pasado se lo pudiesen impedir. Y la consolación, se refiere a que a pesar de los errores cometidos y de haber pecado, podremos ser perdonados, hacer las cosas diferentes y disfrutar de Dios.

Vicios Contrarios al Don de la ciencia

Los pecados, la culpa, la ignorancia, son los principales vicios que se oponen al don de ciencia. El no aceptar nuestra responsabilidad, el culpar a otros por nuestras acciones y errores. Negar la existencia de Dios. Podemos ser muy estudiosos, pero si somos débiles de mente entonces estamos vacíos.

Medios de fomentar este don

Existen diversos medios que nos permiten fomentar el don de ciencia, entre ellos, podemos mencionar:

  • Considerar la vanidad existente en la vida terrenal
  • Aprender a relacionar a Dios como creador de todo lo que nos rodea y de cada criatura que habita en la tierra.
  • Renunciar a todo espacio malsano o persona que nos aleje del camino de Dios.
  • Reconocer que Dios está siempre a nuestro lado, tanto en los momentos buenos como no tan buenos.
  • Buscar siempre la pureza y limpieza de nuestro corazón.

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