Las Maravillosas Reflexiones sobre el Día del Niño

En nuestra etapa como niños nos encantaban mucho los juegos, sobre todo soñar a ser grandes, fingiendo resolver problemas y tomar decisiones siempre de buen humor, contentos y sonriendo. Pero al llegar la adultez todo ese mundo fantasioso queda atrás pero ocasionalmente nos asaltan hermosos recuerdos a los que llamamos Reflexiones del Día del Niño. Entérate más leyendo a continuación.

Reflexiones del día del niño

Reflexión para el Día del Niño

A continuación presentamos 5 reflexiones para niños acerca del mundo que vivimos cuando chicos y que ahora hacemos presente con nuestros recuerdos.

Lo que alguna vez fuimos

Cuando se habla de la niñez se habla de lo que en alguna oportunidad fuimos. Numerosas son las personas que añoran la infancia como una etapa afortunada de la historia personal; unos preservan recuerdos vívidos no obstante el tiempo transcurrido; otros solo tienen remembranzas que se extravían entre confusas reminiscencias.

Otros se empeñan en no idealizar los años iniciales de su vida ya que no siempre han disfrutado de aquello que se desea que todo niño espere. Por muchos motivos, particulares, familiares, o sociales, puede asimismo la niñez, como cualquier otra etapa humana, ser una etapa dolorosa.

Lo verdadero es que, más allá de las situaciones enfrentadas en la propia niñez, ésta se haya caracterizada, más que cualesquiera otra fase posterior, por la “ley del crecimiento constante”. En la infancia el desarrollo alcanza hasta un del 70% de lo que se crecerá en el restante de la vida.

Para la psicología, la psiquiatría, la psicopedagogía y otras especialidades similares, la infancia es como la “matriz uterina adicional” que nos mantiene y en la que nos desenvolvemos en los años iniciales de vida. Es como la cera moldeable en la cual se graban, como sellos, las impresiones que permanecerán en lo hondo de nuestra psiquis. Parece como el rompecabezas en el cual se van articulando las distintas piezas que irán edificando nuestra identidad y el perfil de nuestro carácter.

De todas las fases humanas, la infancia es la que mayormente determina todo el proceso ulterior de la vida. En ella evolucionamos tanto en lo biológico, lo psicológico como en lo afectivo, una gran parte de nuestro posterior desarrollo.

En la infancia nos dedicamos a la gran faena del descubrimiento y reconocimiento de la sustantividad y de la vida que nos circundan. Nos autoconocemos de manera permanente y empezamos a socializar con otras personas, siendo parte de una familia y del circuito de otras relaciones.

Ciertamente ya no somos niños. No obstante, alguna vez lo fuimos. Al rememorar la niñez y evocar al niño que fuimos se pueden llegar a percibir variadas emociones: Júbilo, añoranza, agradecimiento o tal vez, igualmente, por qué no, otras experiencias no tan positivas.

Al conectarte con el niño que fuiste, el que porta tu nombre y tu historia, ¿qué imagen es la que nos llega?; ¿cuál es la imagen en la que te ves y te reconoces a ti mismo?; ¿qué lugares recuerdas?; ¿qué aromas te son familiares?; ¿qué paisajes se pintan?; ¿qué voces oyes?; ¿qué anécdotas recuerdas?…

El Paraíso Perdido

Para la mayor parte de los adultos, la infancia se nos presenta como el “paraíso perdido” de nuestra propia existencia. Hemos de dar de nuevo con él a lo largo de nuestra existencia. En ocasiones deseamos regresar pero se nos ha olvidado el camino y no conseguimos a alguien que nos guié.

Reflexiones del día del niño

La niñez es una “alegoría” de la naturaleza de nuestra condición de humanos. No permanece en nuestro pasado sino que se muestra en el horizonte de nuestro porvenir, como una “escala” del recorrido personal al cual hay que llegar.

Al tanto que transcurre la existencia vamos dejando atrás todas las características infantiles: Creencia en los otros, sencillez, ingenuidad, disposición para jugar y soñar; inventiva, imaginación y creatividad; comenzar siempre algo nuevo; entender las cosas y cuestionar, sin nada de vergüenza, por lo que desconocemos.

Así como ser cariñosos y elocuentes sin condiciones, naturales, genuinos, frescos, ocurrentes, risueños, retraídos o extravertidos, encantadores, alegres y muchas, muchas otras buenas cualidades que vamos, lamentablemente, dejando atrás y perdiendo al tanto que crecemos, como si fuese una erosión que consume la vida, tornándonos severos, rígidos e interesados, serios, cautelosos y desconfiados.

Más adelante, cuando llega la madurez y nos percatamos de que hemos de “desaprender” ciertos aprendizajes que hemos obtenido, la vejez nos hace presente el re-encuentro con la infancia. La vida empieza con una “infancia inicial” y concluye con una “segunda infancia”.

La vejez o senilidad es una “última infancia”: Retornamos a lo básico de la vida; ya no trabajamos más y comenzamos a disfrutar; nos deleitamos con las cosas sencillas de la vida y de los cariños simples y duraderos; nos damos ratos gratuitos; regresamos a “jugar” con la vida como al inicio, sin preocuparnos del peso y de las cargas que se han agregado y acumulado a lo extenso del camino…

Hemos de volver a rememorar cómo era y cómo sentía, cómo contemplaba el mundo aquél infante que cierta vez fuimos. Rescatar el “niño olvidado” no es señal de inmadurez o de  estar incompletos, sino de re-encontrarnos con nuestra propia naturaleza, con lo más auténtico de nosotros mismos que hemos perdido u olvidado.

Regresamos al niño que fuimos cuando vivimos, como en aquél tiempo, sensaciones de indefensión, inseguridad, flaqueza, abandono; o igualmente sensaciones de afecto, atención, indiferencia y contención o cuando permitimos volar nuestra imaginación, ensueño, fantasía y nos transportamos a aquellos cuentos olvidados con héroes y princesas, hechiceras y gigantes, soberanos y villanos, ogros y monstruos. Figuras donde el bien y el mal siempre están debatiendo.

Esos reinos distantes, con todas sus figuras, se encuentran dentro de nosotros. Son fantasías de nuestras realidades espirituales más hondas. Están dentro de nosotros con otros nombres y se cubren con otros trajes y máscaras; No obstante, se muestran y reaparecen en nuestro interior, de distintos modos, a lo largo de nuestra travesía.

Son nuestras particulares representaciones de nosotros mismos. Los cuentos e historias nos hablan a nosotros y nuestras exploraciones, narran nuestra peregrinación. Por eso estamos tan identificados.

Los cuentos que nos relataban o aquellos que nosotros podíamos leer, los que nos otros nos contaban o los que nosotros oíamos se han transformado en “llaves” y “claves” por las que podemos continuar descifrando, aún en la actualidad, las raíces hondas de nuestra existencia y la profundidad de nuestro abismo interno y su simbolismo.

Te planteo que trates de conectarte con el infante que eres o con el que fuiste. Recupérate y reconquístate desde tu niñez. La existencia es el camino que queda delineado entre una infancia y otra, entre la primera y la segunda infancia.

Existe aún una “última infancia” que nos aguarda y nos apacigua con la vida íntegra. Conserva vírgenes todas las ilusiones y las deudas aplazadas del camino retornan a ser para nosotros factibles realizaciones ya que todo se puede posibilitar de una nueva manera.

Ven, sal de ti mismo, sal afuera, aproxímate a la casa de tu niñez, quítate los zapatos, pisa el pasto mullido, corre, siente la brisa que te abraza, pon los pies en el agua clara del río, juega amarrando las luces y las sombras, baila al ritmo de la música que emerge de tu interior, oye tu canción, abre tus brazos al sol, convídame, ¡imagina hasta dónde podríamos llegar si tuviésemos alas!

El Final de Cada Cuento

Algunos cuentos para niños no cuentan, como la propia vida, con un “final feliz”. Ciertas historias no son divertidas o concluyen bien. Otras son sumamente dramáticas por cierto. ¿Por ejemplo, sabes de qué trata la historia de Rapunzel?…

Ella era una joven presa de una hechicera que la había colocado en la parte más alta de una torre, sin entrada alguna. Al querer subir la bruja, le solicitaba a Rapunzel que dejase caer su extensa trenza y por ella ascendía, como si fuese una cuerda, merced al largo cabello dorado. Cierto día, un príncipe, conoció de ese secreto de la hechicera y, del mismo modo, ascendió hasta el encuentro de la presa.

Al saberlo la bruja, cortó la trenza y mandó a la doncella al bosque, al tanto que al príncipe, le quitó la vista con un hechizo. Luego de mucho tiempo, cegado el príncipe y extraviada la joven, se hallaron en la oscuridad del bosque y pudieron reconocerse.

Fue así que Rapunzel abrazó al príncipe sin vista y sollozó de alegría. Sus lágrimas rodaron hasta alcanzar los ojos secos y sombríos del príncipe. Las lágrimas mojaron los ojos inundándolos, de nuevo, de una novedosa y cálida luz. Así el príncipe pudo recuperar su vista: Con frecuencia en la vida, las lágrimas de unos se transforman en la luz de otros.

Infancias Robadas

En el mundo en el cual existimos, en tiempos de la “globalización”, gran parte de los nuevos excluidos que produce el sistema son los infantes. En la actualidad es mucho lo que se habla de los “derechos del niño”; no obstante, hay igualmente numerosas y graves transgresiones a esos derechos. El “día del niño” es para evocar social y de modo solidario fundamentalmente a esos niños, los “nuevos pobres”.

En la actualidad la niñez de nuestra realidad en situación de riesgo social constante es un fenómeno sumamente alarmante. Se evidencia en algunas de las siguientes condiciones críticas: Los infantes de la calle; los bebés dejados, malogrados o golpeados; la venta de bebés; la desnutrición infantil; el elevado porcentaje de mortalidad infantil; los niños aprovechados por el mundo laboral de los adultos.

Igualmente la analfabetización y el abandono escolar prematuro; los niños introducidos en las nuevas conformaciones de familias y acoplamientos vinculares; el problema de la adopción; la delincuencia en los jóvenes; la rehabilitación e incorporación social de los infantes que roban; el comercio de órganos, la prostitución y la pornografía con niños; los niños violados y víctimas de la violencia; los niños que padecen de VIH.

Asimismo los niños violentos en las escuelas; la drogas en la niñez; la extrema miseria en la que algunos existen; los niños cyberadictos y los que son sujetos a la publicidad dirigida a crear comportamientos de consumismo infantil; los niños con ausencia de roles maternos y paternos, masculinos y femeninos; los niños criados afectivamente de modo abandónico por sus padres; los niños sin restricciones; etc.

Existimos en una sociedad en la que los infantes carecen de privilegios: ¿Qué puedes hacer para paliar toda esta fuerza destructiva?; ¿si fuese un hijo, un nieto o un sobrino tuyo el que soportara algo de esto?; ¿cómo responderías?…

El Dios Niño

Jesús en el Evangelio Se muestra rodeado de infantes y, pese a que los apóstoles los quieren distanciar, el Señor les da la bendición. Sumado a ello nos pide a todos a actuar como niños para poder ingresar en su Reino. Regresar a ser como niños es retornar a ser humanos. Retomar nuestra naturaleza y nuestra alma.

Nuestro Señor hecho hombre no sólo adora a los niños sino que, igualmente, Él mismo se entregó a las leyes del desarrollo humano. Por el enigma de la Encarnación, Dios se hace infante, es concebido de una mujer, convive en una familia, aprende a ser humano. El Niño Dios que veneramos en la cuna del Pesebre en la Navidad nos alumbra la mirada de creencia en la niñez.

Jesús fue un infante como todos los otros niños de su poblado. Se desarrolló cercano al cariño de María y de las atenciones de José. Existió y jugó en una casa modesta sostenida con el empeño del trabajo diario. El ritmo de la plegaria protegía la simiente de la fe de ese hogar.

María, la Madre, igualmente fue infante. La Virgen Niña exhibe la sutileza, el cariño  y la suavidad misma de la cándida ingenuidad de toda niñez. Coloquemos a todos los infantes en el corazón del Dios Niño y realicemos una ronda agarrados de la mano con la Virgen. Que no nos de vergüenza el regresar a ser como niños. Que el ángel de la guarda, agradable compañía, nos proteja y sea compañía cada día.

Que Dios nos arrulle en la conmiseración de sus brazos y en la caridad de su afectuoso amor. Que el Señor del cielo nos canturree una nana, una tonada de cuna, que nos haga vivir en sosiego. Que nos arrulle por siempre su afecto para que nos encontremos en paz.

Adorado Dios, cántame una tonada como las que mi madre cantaba. Cántame como cuando era infante. Cántame para que las tinieblas jamás me toquen, para que los temores no me inmovilicen, para que los perversos sentimientos no entren a mi alma.

Querido Dios, cántale a los infantes y cántale igualmente a los que ya no somos tan niños. A todos nos hace falta, aunque en ocasiones no nos animemos a rogártelo. Nos avergonzamos. Nos sentimos mayores pero, en realidad, seguimos siendo chicos.

Cántale a los humildes y a los que padecen, a los ancianos y a los olvidados, a los que están confinados y a los que carecen de pan, vivienda, trabajo, familia o amistades. Canta a todos. Que oigamos, muy adentro de nosotros tu agradable e inimitable voz que nos cuchichea. Cántame, cánteme una tonada para que retorne a ser el niño que aún sigo siendo…

Reflexiones del Papa Francisco sobre la Niñez

El 19 de Julio se celebra el Día del Niño. Para ellos queremos compartirles en esta oportunidad 8 reflexiones del Papa Francisco acerca de la grandeza de la niñez.

“Cuando hablamos de los niños que llegan al mundo, no hay sacrificio de los adultos que sea considerado muy costoso o muy grande.” (Audiencia General del Papa Francisco 8/04/2015)

“Una sociedad que ha abandonado a los niños y que relega a los ancianos ha cortado sus raíces y oscurecido su futuro. Y ustedes hacen la valoración acerca de lo qué hace al respecto nuestra cultura hoy. Toda vez que un niño es dejado de lado y un anciano relegado, se efectúa no sólo un acto de atropello, sino que se corrobora igualmente el descalabro de esa sociedad”. (Discurso del Papa Francisco en la plenaria del Consejo pontificio para la familia 25/10/2013)

“Es extraño: el Señor no tiene problemas en hacerse comprender por los niños, y los niños no tienen inconvenientes para entender al Señor.” (Audiencia General del Papa Francisco 18/03/2015)

“Los niños nos hace recordar otra cosa hermosa; nos hacen recordar que somos eternamente hijos. Inclusive si uno se transforma en adulto o anciano, aún si se transforma en padre, si se alcanza una posición de responsabilidad, por debajo de todo ello está la identidad de hijo. Todos somos hijos. Y eso nos lleva de regreso  siempre al hecho de que la existencia no nos la hemos otorgado nosotros, sino que la hemos obtenido.” (Audiencia General del Papa Francisco 18/03/2015)

“Los niños son en sí mismos abundancia para la humanidad e igualmente para la Iglesia, ya que nos convocan continuamente a la condición requerida para ingresar en el Reino de Dios: aquella de no estimarnos autosuficientes sino requeridos de ayuda, de amor, de don…” (Audiencia General del Papa Francisco 18/03/ 2015)

“Los niños no son disimulados: expresan lo que sienten, dicen lo que observan, de modo directo. Y en numerosas ocasiones, colocan en dificultad a los padres… Expresan: “esto no me agrada porque es desagradable” en frente de otras personas… Empero, los infantes dicen lo que piensan, no tienen doble personalidad, aún no han aprendido aquella idea del “doblez” que nosotros, los adultos, ya aprendimos.” (Audiencia General del Papa Francisco 18/03/2015)

“Los niños adicionalmente, en su sencillez interna, traen con ellos el poder de otorgar y recibir cariño. Cariño es poseer un corazón “de carne” y no “de roca”, como señala la Biblia (cf. Ez 36, 26). El cariño asimismo es poesía; es “percibir” las cosas y los eventos, no tratarlos como simples objetos, sólo para emplearlos porque son útiles…” (Audiencia General del Papa Francisco 18/03/2015)

“Reír y llorar, dos cosas que en nosotros los adultos, con frecuencia se “bloquean”, ya no tenemos la capacidad… Y en muchas ocasiones nuestra sonrisa se convierte en una sonrisa de papel, una cosa carente de vida, una risa que no es viva, inclusive una sonrisa fingida, de payaso. Los niños ríen y lloran naturalmente. Siempre obedece al corazón.

Y nuestro corazón es impedido y pierde con frecuencia esa capacidad de reír y llorar. Es así que los niños nos pueden enseñar nuevamente a reír y llorar. Hemos de cuestionarnos nosotros mismos: ¿yo río de manera natural, frescamente, con amor? ¿O nuestra sonrisa es fingida? ¿Yo aún lloro? ¿O la capacidad de llorar la perdí? Dos cuestiones muy humanas que aprendemos de los niños.” (Audiencia General del Papa Francisco 18/03/2015)

Reflexiones sobre la Modernidad para el Día del Niño

Para los niños fechas como el Día del niño y Navidad son los escasos espacios en que obtienen un protagonismo que si se analiza bien hasta resulta dañino, ya que sus expectativas y deseos como infantes quedan restringidos a la lógica de mercantilismo que los acoge como sujetos de consumo para el comercio de productos.

Obviamente esto no es un suceso que acontece en el vacío, ya que es respuesta a discursos alojados en nuestra sociedad, asimilados y multiplicados por el mundo adulto que hoy moldea en las recientes generaciones los valores ajustados a un modelo que fomenta el egoísmo, el consumo y el materialismo vacuo.

Por lo tanto la conmemoración del Día del Niño debiera estar por encima de la vorágine que empuja a las familias a la adquisición compulsiva de cosas que no garantizan las necesidades más básicas de la infancia, sino que responden a una edificación deformada de lo que es darle relevancia a los niños, una alteración que se somete a los valores e ideologías inspirados por nuestra cotidianidad y que se muestran muy enraizados en nuestro orden social.

El derecho a habitar en un entorno saludable, por ejemplo, con ambientes adecuados para la recreación y exento de contaminación puede que sea un lujo en países donde la planificación urbana da poca relevancia a las áreas verdes y sitios que posibiliten las actividades lúdicas de la niñez como son los juegos y parques.

Igualmente no visibilizamos los requerimientos  de la infancia cuando conservamos un sistema educacional sumamente orientado al resultado y la competencia por encima del desarrollo de seres humanos íntegros. Un sistema que da mucho valor a la medición y que somete a los niños como personas a un simple número que se hace parte de su identidad social desde sus años iniciales, propone cuestionamientos acerca de los valores que nos orientan.

Acerca de esto se ha observado el incremento de desordenes psicológicos y desmejora significativa de la salud mental de los niños, requerimiento que asimismo no es cubierto, a causa de la poca oferta en cuestiones de salud para el segmento infantil. Son muy pocos los psicólogos y psiquiatras para niños y aparte de la oferta privada, el sistema sanitario público igualmente no ofrece mayor cobertura.

En resumen, constituimos una sociedad que considera poco a sus niños y que ha permanecido centrada en ser adultista, en conservar siempre el foco en los requerimientos del mundo adulto y no en los de los niños. De allí que numerosas prácticas de maltrato sean invisibilizadas o permitidas, muy vinculado a nuestra costumbre autoritaria, por cierto.

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