Los Sacramentos de Iniciación Religiosa Cristianos

Los Sacramentos de Iniciación Cristiana son el corazón de la fe católica, ya que mediante ellos el Señor concede su gracia, hace presencia y actúa en nosotros. Los rituales visibles por medio de los cuales son oficiados los sacramentos representan y ejecutan las gracias particulares de cada uno de ellos. Entérate de mucho más al continuar la lectura de este artículo.

Sacramentos de iniciación

Sacramentos de Iniciación

De acuerdo a la doctrina de la Iglesia católica, los sacramentos son signos precisos y seguros de la gracia divina y por medio de los cuales se concede la vida divina; es decir, confieren al devoto el ser hijos del Señor. Los sacramentos se dan en diferentes momentos de la existencia del cristiano y de modo simbólico lo comprenden por completo, desde el bautismo a la unción de los que se encuentran enfermos (previo al Concilio Vaticano II se suministraba solo a los que estaban en peligro de muerte).

La mayor parte de los sacramentos de iniciación únicamente pueden ser ofrecidos por un sacerdote. El bautismo, en situaciones de excepción, puede ser conferido por cualquier laico, o inclusive no cristiano, que cuente con el propósito de hacer con el signo lo que la misma Iglesia realiza. Sumado a ello, en el sacramento del matrimonio los ministros son la misma pareja contrayente.

En el Nuevo Testamento

El vocablo teológico inicial que los Padres utilizaron para denominar de modo genérico a los ritos cristianos fue el de mysterion. El vocablo latino sacramentum es una traducción de aquel (según aparece igualmente en la Vulgata, que casi de modo constante traduce el término griego por sacramentum).

Parece ser que la expresión proviene del ámbito judío y no del griego (en el cual señalaba tanto la divinidad como sus «enigmas»)​ y se vincula con consideración, recomendación, designio hacia la redención o el juicio final. En el Evangelio se presenta en Mc 4, 11 y sus escritos paralelos: «los enigmas del Reino de Dios», es decir, la voluntad divina de que todos los hombres se rediman: esta redención es ofrendada por Cristo mediante su sacrificio en la cruz.

En las epístolas de San Pablo el vocablo mysterion se muestra en unas 21 ocasiones. Con él se señalaría el plan “salvador” enigmático de Dios que se ha consumado de modo definitivo en Cristo, dando origen a la etapa considerada como final de la historia (ya que no es esperada una nueva manifestación o alianza) y que se trata del sumario de todas las cosas en Cristo.

De esa manera, Cristo es incluido, pero asimismo cuánto hizo por redimir a los hombres y por lo tanto a su entidad mística que es la Iglesia. Fundamentado en esto, la Iglesia católica vuelve a interpretar estos episodios bíblicos como que, así como los gentiles fueron participando de esta redención y de la Iglesia, fueron acelerando la plenitud definitiva de la redención.

Adicionalmente, se interpreta que el “mysterion” o sacramento son los signos y milagros que hacen realidad la voluntad de Dios de que todos los hombres se rediman mediante la Iglesia, logrando actualizar así el signo y milagro esencial: Cristo en su Encarnación, Muerte y Resurrección.

En la Patrología

El estudio de la vida y obra de los escritores ortodoxos y heterodoxos que redactaron acerca de teología desde el inicio mismo del cristianismo al siglo VII en Occidente y al siglo VIII en Oriente se denomina Patrología. En este aparte su consideración está particularmente relacionada con el análisis de los Sacramentos.

Patrología Griega

En los Siglos I y II

Para los autores de los siglos I y II la palabra mysterion estaba reservada al «hecho de redención». Para San Ignacio de Antioquía, mysterion comprendía los sucesos relativos a la salvación de la existencia de Cristo. San Justino emplea mysterion, además, a los personajes y profecías del Antiguo Testamento (y equipara las ceremonias cristianas con los mysteria de las creencias mistéricas). San Ireneo de Lyon no utiliza el término para imposibilitar confusiones con el gnosticismo.

En el Siglo III (Padres Alejandrinos)

Se denomina mysterion a la vinculación escondida entre imagen y modelo que es manifestada al iniciado mediante una enseñanza (mystagogia). De esa manera, fue empleado en los ritos cristianos y en los sucesos salvíficos siempre teniendo presente la determinación divina por la redención de los hombres y las figuras que el ceremonial ofrenda para significarlos.

sacramentos de iniciacionClemente de Alejandría utiliza mysterion para señalar los rituales de culto, sean de naturaleza pagana o cristiana. El sabio Orígenes emplea el vocablo con un significado platónico, es decir, como emblema o tipo de la historia de la redención en cuanto Cristo se halla presente en la totalidad de ella. A Orígenes es atribuida una definición de signo que será empleada en teología sacramental por San Agustín: «signo es una verdad sensible que conecta con una verdad invisible».

 

En los Siglos IV y V

Motivado al ocaso del paganismo, el vocablo mysterion se fue haciendo popular, pues ya no existía la posibilidad de confusión con los rituales gnósticos. San Atanasio da a la palabra el sentido de un propósito salvífico que tuvo lugar en el pasado y se celebra en la liturgia. Así como Basilio el Grande, Gregorio de Nisa y Gregorio Nacianceno resaltan la participación divina en el mundo, que es igualmente una exaltación de la realidad mundana.

De esa manera, el mysterion del designio de redención se reparte en los tres sucesos primordiales de esa exaltación: la Encarnación, Pentecostés y la Eucaristía. Juan Crisóstomo emplea frecuentemente el término «mysterion» para aludir a los ritos cristianos. Cirilo de Jerusalén lo asocia con el acto de redención efectuado por Dios mediante Cristo que se conmemora en la liturgia.

De tal manera que, sus catecismos mystagógicas son una incorporación del devoto a la vivencia de los más importantes rituales: el Bautismo, la Unción y la Eucaristía. Con Pseudo Dionisio Areopagita, tal afinidad de mysteria con los rituales propios de la Iglesia se torna metódico. Primeramente, describe mysterion como los actos rituales que mediante la invocación de la Iglesia al Espíritu Santo, la gracia redentora de Dios, operan sobre las personas o cosas. Después diferencia tres aspectos de mysteria:

  • Actos Consagratorios: (Bautismo, Comunión y Unción).
  • Quienes consagran: obispo, sacerdote y diácono.
  • A quienes se consagra: inferiores, purificados, terapeutas o monjes.

Patrología Latina

En el Siglo III

Por el norte Africano se hizo popular la traducción «sacramentum» para el término mysterion, aunque igualmente se empleó la palabra latinizada «mysterium». Tertuliano, basándose en la concepción jurídica que la expresión «sacramentum» detentaba en la cultura romana (un juramento de lealtad de naturaleza religiosa), lo aplicó al Bautismo, ya que, de acuerdo a su criterio, en el Bautismo se efectúa un pacto entre el Señor y el bautizado.

Pero asimismo junto la idea griega de mysterion, aplicándola a los otros rituales cristianos. Cipriano de Cartago admitió estos significados, otorgándoles un alcance eclesial al incorporar la vinculación del bautizado con el obispo.

En los Siglos IV-V

En esta etapa, el término «sacramentum» era utilizado con el mismo significado de mysterion asociado con los actos de culto de la Iglesia. Ambrosio de Milán expandió el alcance del término con reflexiones que consiguieron poco eco en sus coetáneos: comprendía sacramentum como los sucesos de la historia de la redención y encuentro con Jesucristo.

Agustín de Hipona usa el vocablo sacramentum para señalar los rituales tanto del pueblo escogido como de la Iglesia. Asimismo lo emplea para señalar las figuras o signos del Cristo en el Antiguo Testamento y por último para hacer alusión al «almacén de la fe». Igualmente usa la palabra mysterium para señalar lo encubierto, lo oculto según el significado griego antiguo.

No obstante, expondrá una vasta doctrina del signo de algo sagrado aunque con gran influjo de su filosofía platónica: su pensamiento se usará posteriormente en la teología sacramental. Acepta que dichos signos sagrados han de contar con un elemento material y una expresión que los completa y que posibilita la aplicación de la noción de memorial del culto hebreo. De esa manera, después ofrece una descripción en su carta a Januario (carta 55) en la cual vincula el sacramento con una celebración.

Quién garantiza la efectividad de dichos sacramentos, de acuerdo a Agustín, es Cristo mismo por medio de los ministros del culto. La controversia de Agustín con los donatistas le brindará la ocasión de implantar una nueva distinción por la que se divide el valor de un sacramento de su eficacia (el bautismo de los donatistas sería legítimo pero no otorgaría la gracia de la fe).

En teología, después se denominará «signum» (signo) al componente externo válido y «res» a la gracia asociada. Los escritores posteriores (León I el Magno, Gregorio Magno) dieron el tratamiento de sinónimos a mysterium y sacramentum, otorgándoles el alcance general que detentaban en la teología griega.

En la Escolástica

A través de la primera Edad Media y luego de las ocupaciones germánicas, la filosofía neoplatónica que era el fundamento de la reflexión de los Padres fue perdiendo influjo. La idea de mysterion se comenzó a aplicar únicamente  para la verdad desvelada que exige una conformidad de fe. El vocablo sacramento permaneció para señalar un signo específico por el que Dios procede.

Así como la idea de signo fue perdiendo solidez ontológica para desplazarse al nivel de mera referencia, se originaron inconvenientes para la debida comprensión del dogma sobre la presencia genuina de Cristo en la Eucaristía. De tal manera que se requirió una reflexión de mayor profundidad sobre la noción de sacramento que posibilitara instaurar apropiadamente su virtualidad.

Se debe a Berengario de Tours una definición que fue muy exitosa a posteriori: «Forma visible de una gracia que no se puede ver», en la cual el término forma señala únicamente la alusión pero no la presencia real. Hugo de San Víctor es el que primeramente escribió un ensayo acerca de los sacramentos: De sacramentis christianae fidei, en el cual brinda su propia descripción donde toma en cuenta aún toda la historia de la redención pero aminorando el ámbito.

Aplica esta concepción de sacramento no solamente a los sacramentos contemporáneos de la Iglesia católica sino igualmente a los que ella denomina «sacramentales».

Así como los sacramentos van adquiriendo forma como rituales, se principia la reflexión, de la mano del influjo creciente de la filosofía aristotélica, sobre lo fundamental de la ceremonia o aquello que es infaltable para que el sacramento sea legítimo. La idea de causa y la diferencia de materia y forma potenciaron de modo notorio la reflexión sobre los sacramentos.

Mediante la idea de causa, Pedro Lombardo reincorporó la efectividad del sacramento, que vendrá a ser «causa de la gracia de la que es imagen». De esa manera se pudo establecer el número de siete (aunque algunos señalan que más bien fue debido a una escogencia de conveniencia). Hugo de San Caro incorporó la diferencia materia y forma en el sacramento en base a la descripción de Agustín de Hipona.

Tomás de Aquino consideró de manera extensa los sacramentos en sus tratados. Admite la reflexión previa acerca del sacramento como remedio del pecado, pero la mejora con el significado de acto de culto (igualmente presente en los escritores anteriores) y en la tercera sección de la Summa Theologica, en el tratado que les brinda, los plantea como comunicación y aplicación de la redención de Cristo para santificación de los hombres.

De esa manera toma los elementos de la reflexión previa y los mejora con la filosofía aristotélica. Así lo plantea, sí como signo pero igualmente causa y, por ende, recobra su efectividad sobrenatural. Y pone la causa eficaz a tres niveles: la de Dios que ocasiona la gracia, la de la humanidad de Cristo que obtuvo la redención y la del ministro por el mismísimo sacramento.

En lo referente a la aplicación de la diferencia materia y forma, resalta el valor más elevado de la forma (palabras) y valora «materia» no los componentes sino las acciones. Para Tomás de Aquino, la efectividad del sacramento obedece en gran medida a la fe, aunque en grado inferior en aquellos sacramentos donde existe propensión de la persona que lo obtiene para los actos de culto. Tal propensión es lo que Tomás llama «naturaleza sacramental».

La cantidad de sacramentos, propone el de siete en base a una reflexión antropológica asociada con las circunstancias humanas: nacimiento, desarrollo, alimentación, padecimiento, vitalidad primero, difusión, gobierno. Esta apreciación con ciertas variantes ha sido admitida por el Catecismo de la Iglesia católica.​

Durante el Segundo Concilio de Lyon se hizo la lectura de una confesión de fe que asegura «septem ecclesiastica sacramenta».​ El lapso posterior es el de las controversias entre las escuelas franciscana y dominica sobre la problemática de la causalidad del sacramento.

El Concilio de Trento y la Época Postridentina

El asunto central de la disputa con los protestantes era el de la excusa. Por ello, allí se orientó el pensamiento de los que participaban en el Concilio de Trento, aunque no contaban con la intención de producir tratados sistemáticos acerca de los asuntos debatidos.

La Reforma

De modo genérico la doctrina de la Reforma niega la efectividad del sacramento en lo relativo a la gracia, ya que lo estima solo una acción humana que no puede lograr que de ella obedezca la acción divina. Esto fundamentado en la lectura textual de la Biblia, la cual no muestra señal alguna de existencia de tales sacramentos concedidos de esa manera particular.

Lutero asegura que los sacramentos son recursos para incrementar la fe, aquella fe que nos hace ser creyentes en quien nos ha logrado la redención. El signo, sea cual sea, es insuficiente para reemplazar la fe del cristiano y, en última instancia, se manifiesta infructuoso en sí mismo. Esta idea de sacramento le posibilitó disminuir su número a dos, denominados ordenanzas por los evangélicos: Bautismo y Comunión o Santa Cena.

Juan Calvino, que detenta como fundamento su teoría acerca de la predestinación y la apatía del acto de fe, otorga a los sacramentos el mérito de testimonio externo o evidencia de la acción de Dios en el alma.

Ordenanzas

Protestantes y Evangélicos contemplan las ordenanzas como manifestaciones simbólicas del anuncio del evangelio que Cristo existió, pereció, fue resucitado de entre los muertos, se elevó al cielo, y retornará algún día. En vez de requerimientos para la redención, las ordenanzas son apoyos visuales para comprender mejor y estimar lo que Jesucristo realizó por nosotros en su obra salvadora.

Las ordenanzas se encuentran definidas por tres elementos: fueron establecidos por Cristo, se les instruyó a los apóstoles, y fueron puestos en práctica por la iglesia originaria. Ya que el bautismo y la comunión son los únicos rituales que se conceptúan bajo estos tres elementos, no pueden existir sino únicamente dos ordenanzas, ninguno de los cuales son requerimientos para la redención.​

El Concilio de Trento

El Concilio de Trento consagró su sesión número siete para considerar el asunto de los sacramentos. Pese a que no ofreció una reseña formal de sacramento, estableció la ya tradicional declaración de Berengario de Tours: «forma visible de la gracia que no se puede ver», empleando adicionalmente la categoría del símbolo que contiene y concede la gracia que significa. Sumado a ello se fijó el número de siete sacramentos.

Asimismo, y pese a las controversias entre los teólogos y obispos, se admitió la afirmación por la que los sacramentos habrían sido instaurados por Jesucristo (A pesar de que las escuelas presentes describían de diversas maneras la idea de «instauración»). A partir de ello, la procedencia común y la imposibilidad de cambiar su sustancia no supone, siempre de acuerdo a los padres conciliares, que la totalidad de los sacramentos sean idénticos en dignidad.

Contrario a la teología de la Reforma, el Concilio aseguró la efectividad de los sacramentos siempre que quien lo recibe  no coloque impedimentos a la gracia. Es cierto que para impedir conflictos con los ortodoxos, se empleó la expresión «incluyen la gracia» y no «ocasionan la gracia» y la incluyen «ex opere operato», de acuerdo a la expresión que señala su efectividad sobrenatural propia.

No obstante, se supeditó tal efectividad a que el ministro quiera lograr con ellos lo que hace la Iglesia y haga lo básico a cada sacramento. Adicionalmente se señalo que tres eran los sacramentos que adjudicaban «carácter» (y que, por ende, podían ser obtenidos una única vez): el Bautismo, la Confirmación y el Orden.

La Contrarreforma

Los primordiales asuntos encarados por los teólogos de la Contrarreforma son: la descripción de sacramento, la manera  de causar la gracia en ellos y el carácter de la gracia sacramental (en vinculación con la gracia santificante).

El Catecismo de Pío V brindó una definición que incorporaba los variados elementos de Trento, y el papa Alejandro VII dejó claro que cuando el Concilio indicaba que el ministro debía pretender hacer lo que hace la Iglesia, tal pretensión es no solo externa (efectuar detalladamente el rito prescrito) sino igualmente interna (querer realizar con ello lo que la Iglesia asegura que se hace).

La Ilustración

El surgimiento del racionalismo significó un quiebre en la teología de los reformadores que fueron marginando el simbolismo. La respuesta de los católicos fue más bien hacia resaltar lo ecuánime del acto de fe pero igualmente, en ciertos casos, el de una demanda tal de suficiencia que la práctica sacramental se aminoró de manera considerable.

En la Teología Católica Contemporánea

El Concilio Vaticano II

Lo reflexionado por el Concilio Vaticano II se vería influido por los movimientos litúrgico y patrístico. Merced a esas tendencias teológicas, se logró recuperar la idea de mysterion que se había aplicado a la Iglesia y que jugó un rol descollante en las controversias conciliares. Otro avance teológico coetáneo que dio luz acerca de la idea de sacramento fue la teología de la historia.

Al destacar el rasgo histórico fundamental del cristianismo, los sacramentos son contemplados como «actos de redención», comparables a los sucesos que el Antiguo Testamento relata de la vida del pueblo de Israel. De esta manera, el teólogo Jean Daniélou recoge, en base a la mistagogia de la patrología griega, la noción del lugar de los sacramentos para el restablecimiento final de todas las cosas en Cristo (escatología): memoriales de la Pascua Cristiana.

Los padres conciliares recogieron y admitieron estas consideraciones teológicas en la Constitución Sacrosanctum Concilium y en la Constitución Dogmática Lumen Gentium. Adicionalmente se mejoró el ideario de Trento relativo a la fe: Los sacramentos «fidem non solum supponunt, sed verbis et rebus alunt, roborant, exprimunt; quare fidei sacramenta dicuntur» (SC 59).

Han sido tres las consideraciones de reflexión que ha proseguido la teología posconciliar:

  • Ahonda en la manera en que cada sacramento es un acercamiento a Cristo.
  • Retoma la centralidad de la Eucaristía extrayendo las conclusiones atinentes.
  • Vinculación de los sacramentos con la sacramentalidad de la Iglesia.

En el Catecismo de la Iglesia Católica

Como se aludió previamente, este escrito acogió la explicación antropológica en lo relativo a la cantidad de los sacramentos. Siendo así, en lo referente a la explicación, admite y remata la teología del Concilio Vaticano II.

De los numerales 1113 al 1130 habla de la relación entre el Misterio Pascual y los sacramentos. De los numerales 1135 al 1186 los enmarca en la liturgia de la Iglesia. Por último destina la sección número dos de la segunda parte a los siete sacramentos.

En el numeral 1084, tras rememorar que los sacramentos fueron creados  por Cristo, brinda una definición: «Los sacramentos son señales sensibles (palabras y acciones) asequibles a nuestra humanidad de la actualidad. Ejecutan efectivamente la gracia que suponen en virtud de la acción de Cristo y por potestad  del Espíritu Santo».

O asimismo en el numeral 1131: «Los sacramentos son señales efectivas de la gracia, conferidas por Cristo y encomendados a la Iglesia mediante los cuales nos es concedida la vida divina. Los rituales visibles por los cuales los sacramentos son conmemorados representan y ejecutan las gracias particulares de cada sacramento. Resultan provechosos para quienes los reciben con las condiciones requeridas».

Teología Católica: Los Siete Sacramentos

¿Cuáles son los Sacramentos de Iniciación? La Iglesia católica oficia siete, y se llaman: Bautismo, Confirmación (o Crisma), Eucaristía, Reconciliación (o Penitencia), Unción de los enfermos, Orden y Matrimonio. De acuerdo a su doctrina, “todos los sacramentos se encuentran establecidos para la Eucaristía «como para su finalidad» (S. Tomás de Aquino)”. En la Eucaristía se logra la renovación del misterio pascual de Cristo, reemplazando y poniendo al día así la redención de la humanidad.

El sacramento católico es un suceso ritual dedicado a los devotos, para que ellos obtengan la gracia divina, y dedicado asimismo para otorgar sacralidad a determinados momentos y situaciones de la existencia cristiana. Fueron instaurados por Jesucristo como “signos perceptibles y efectivos de la gracia […] por medio de los cuales nos es otorgada la vida divina” o la redención​ y fueron encomendados a la Iglesia.

Por medio de estos signos o ademanes divinos, “Cristo opera y transmite la gracia, de modo independiente de la santidad personal del ministro”, si bien “el beneficio de los sacramentos depende igualmente también de las condiciones de quien los recibe”.

Al oficiarlos, la Iglesia católica, por medio de las palabras y elementos ceremoniales, nutre, manifiesta y fortifica su fe y la fe de cada uno de sus devotos. Estos signos de gracia conforman una parte componente e inalienable de la existencia cristiana de cada creyente. Los sacramentos son indispensables para la redención de los creyentes ya que otorgan la gracia divina, “la absolución de los pecados, la adopción de hijos del Señor, la conformación a Cristo Señor y el ser parte de la Iglesia”.​

El Espíritu Santo alista para el recibimiento de los sacramentos mediante la Palabra de Dios y de la fe que admite la Palabra en los corazones bien prestos. Siendo así, los sacramentos robustecen y manifiestan la fe. El provecho de la existencia sacramental es simultáneamente personal y eclesial. Por una parte, este provecho es para cada devoto una vida para Dios en Jesús; por otra, es para la Iglesia su constante incremento en la caridad y en su encomienda de testificar.

Los sacramentos vienen a ser gestos divinos en la existencia de cada fiel, manifestándose de modo simbólico y espiritual; por lo tanto, son considerados:

  • Señales sagradas, ya que manifiestan una verdad sagrada, espiritual;
  • Señales efectivas, ya que, además de representar un cierto efecto, en verdad lo generan;
  • Señales de la gracia, ya que transmiten dones variados de la gracia de Dios;
  • Señales de fe, no únicamente porque sospechan la fe en quien los obtiene, sino igualmente porque alimentan, fortalecen y manifiestan su fe.

Los Siete Sacramentos de Iniciación

Los siete sacramentos definen las diferentes fases de importancia de la vida cristiana de los fieles, que se separan en tres categorías:

  • Sacramentos de Inicio Cristiano (Bautismo, Confirmación y Eucaristía) que “establecen las bases de la existencia cristiana: los creyentes renacidos en el Bautismo, robustecidos por la Confirmación y son nutridos por la Eucaristía”;
  • Sacramentos de Sanación (Penitencia y Unción de los que padecen enfermedad);
  • Sacramentos para servir a la comunión y la misión (Orden y Matrimonio).

Estos sacramentos igualmente se pueden reunir en apenas dos categorías:

  • Que manifiestan una naturaleza permanente y dejan una huella imborrable en quien los obtiene, y por ende solo puede ser suministrado en una sola ocasión a cada creyente. Son el Bautismo, la Confirmación, el Matrimonio y el Orden;
  • Los que se pueden suministrar repetidamente.

Bautismo

Al bautismo se le entiende como el sacramento para abrir las puertas de la existencia cristiana al bautizado, integrándolo a la comunidad católica, al grandioso Cuerpo Místico de Cristo, que es la Iglesia en sí. Este ritual de la iniciación cristiana es ejecutado regularmente con agua en el acto de bautismo, al ser sumergido en ella o ser derramado o rociado.

Usando otras palabras del Compendio del Catecismo de la Iglesia Católica, «en el ritual fundamental del Bautismo se trata de sumergir en el agua al aspirante o rociar el agua sobre su cabeza, al tanto que se clama el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo».​ El bautismo quiere decir sumergir «en la muerte de Cristo y resucitado con Él como nuevo ser».

El bautismo absuelve el pecado inicial y todos los pecados propios y el castigo producto del pecado. Permite a los bautizados ser parte en la existencia trinitaria de Dios por medio de la gracia santificante y la integración en Cristo y en la Iglesia. Concede asimismo las virtudes teologales y los dones del Espíritu Santo. Toda vez que recibe el bautismo, el cristiano es eternamente un hijo de Dios y un integrante irrenunciable de la Iglesia, es igualmente parte para siempre de Cristo.

Sumado a ello, el bautizado participa con Él en la tarea de ser Profeta, Religioso o en la de ser Rey. En la primera se encarga de sermonear la palabra divina, sobre todo a los hijos o a quienes desconozcan a Jesús, en la segunda se dedica a ofrendar sacrificios a Dios en nuestra vida cotidiana, dejando de realizar actividades que sean de nuestro gusto o bien haciendo las que no nos gustan, siempre ofrendándolas por algún fin personal, teniendo presente que todo es para mayor gloria divina.

En la tercera tarea, la de ser Monarca, se ha de interesar, así como Jesús, por los más necesitados y marginados: pobres, con padecimientos, en la cárcel, encargándonos de hacer oración por ellos si es que no podemos proporcionarles ayuda física.

Pese a que el bautismo es esencial para la redención, los catecúmenos, «todos los que perecen por motivo de la fe (Bautismo de Sangre), […] todos aquellos que bajo el estímulo de la gracia, que desconocen a Cristo y la Iglesia, buscan con sinceridad a Dios y se empeñan en cumplir su voluntad (Bautismo de Deseo)», logran conseguir la salvación sin ser bautizados, ya que, según la doctrina de la Iglesia católica, «Cristo pereció por la salvación de todos.»

Para los niños que fallecen sin ser bautizados, la Iglesia señala en su «liturgia confiar en ellos para la conmiseración de Dios», que es inagotable e infinita.​

Institución

En las Sagradas Escrituras aparecen numerosas representaciones anticipadas de este sacramento. De ello se hace memoria en la Vigilia Pascual al bendecirse el agua bautismal. El Génesis nos relata del agua como principio de la vida y de la fecundidad. La Sagrada Escritura nos señala que el Espíritu de Dios “se elevaba” sobre ella. ( Gn. 1,2 ).

El arca de Noé es otra de esas representaciones que la Iglesia nos alude. A causa del arca, “unos cuantos, esto es, ocho personas, fueron redimidas por medio del agua.” ( 1 P. 3, 20 ). Si el agua de manantial simboliza la vida, el agua en el mar es una señal de la muerte. Por lo que, pudo ser señal del enigma de la cruz. Por dicho simbolismo el bautismo quiere decir “la comunión con el fallecimiento de Cristo.” (Catec. n. 1220).

Particularmente el paso del Mar Rojo, genuina liberación de Israel del yugo de Egipto, es en el cual es anunciada la libertad trabajada por el bautismo, ingresan como esclavos en el agua y emergen liberados. Igualmente el paso por el Jordán, en el cual el pueblo de Israel obtiene la tierra prometida, es una prefiguración de este sacramento. (Cfr. Catec. 1217-1222).

Todas estas representaciones anticipadas culminan en la figura de Cristo. Él mismo, obtiene el bautismo de Juan, el Bautista, el cual se destinaba a los pecadores y Él sin haber cometido falta, se ofrece para “cumplir toda justicia” (Mt. 3,15). Baja el Espíritu sobre Cristo y el Padre declara a Jesús como su “Hijo adorado”. (Mt. 3, 16-17 ). Cristo el bautizo por amor y humildad, y así servir de ejemplo.

Si nos acordamos de la reunión de Jesús con Nicodemo, contemplamos como Él le manifiesta la necesidad de obtener el bautismo. (Cfr. Jn. 3, 3-5). Luego de su Resurrección otorga la misión del bautismo a sus apóstoles. “Me ha sido otorgada toda potestad en el cielo y en la tierra; vayan pues, enseñen a todas las naciones, otorgándoles bautismo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”. (Mt. 28, 18-19).

 

Con su Pascua, Cristo posibilitó el bautismo para cada hombre. Ya había relatado de su pasión, “bautismo” con la que habría de ser bautizado (Mc. 10,38) (Lc. 12,50). La sangre y el agua que emergieron del costado atravesado por la lanza del soldado de Jesús crucificado (Jn. 19,34), son imágenes del “bautismo” y de la “eucaristía”, los dos sacramentos de la nueva vida ( 1 Jn. 5, 6-8); desde entonces es factible “nacer del agua y del Espíritu” para ingresar al Reino de Dios. ( Jn. 3,5 ).

A partir del día de Pentecostés, la Iglesia ha suministrado el bautismo prosiguiendo los pasos de Cristo. San Pedro, en esa fecha, hace un llamamiento a la conversión y el bautismo para conseguir la absolución de los pecados. El Concilio de Trento proclamó como afirmación de fe que el sacramento del Bautismo fue establecido por Cristo.

Edad

Para la Iglesia católica, el bautismo se otorga tanto a niños como a adultos que se han convertido y que no han sido previamente bautizados legítimamente (el bautismo, en la mayoría de las Iglesias cristianas, se considera lícito por la Iglesia católica ya que se estima que el efecto procede de manera directa de Dios, indistintamente de la fe personal, aunque no del propósito del sacerdote).

Aún así la Iglesia católica ha insistido en el bautismo a los niños ya que «habiendo venido al mundo con el pecado original, requieren ser liberados del poder del perverso y ser conducidos al reino libre de los hijos de Dios».​ Por este motivo, la Iglesia aconseja a los creyentes hacer todo lo que se pueda para impedir que una persona no bautizada venga a perecer en su presencia sin el favor del bautismo.

De esa manera, a pesar de que el sacramento deba ser suministrado por un sacerdote, ante un enfermo sin bautismo cualquier persona tiene el poder para ello por lo que ha de bautizarlo, señalando: «Te bautizo a nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo» al tanto que, con el pulgar de la mano derecha, traza una cruz en la frente, la boca y el pecho del paciente.

La Biblia recomienda que el Bautismo debe ser administrado al que tiene total entendimiento del bien y el mal, ha de efectuarse por inmersión completa, simulando el fallecimiento y entierro de Cristo. La intención es dar a conocer su fe, a pesar de que alojamos la herencia del pecado, y venimos al mundo en pecado, terminantemente no somos pecadores.

La circunstancia de que el bautismo sea usualmente suministrado a los niños recién nacidos, que, por ello, no ingresando en la existencia cristiana por su misma voluntad, deja ver qué hay otras cosas que son requeridas por estas personas para obtener otro sacramento, la Confirmación. Éste se alcanza cuando arriban a una edad en la que tienen raciocinio e inteligencia suficiente para practicar de manera consciente la fe y determinando después si deben o no quedarse en la Iglesia católica.

De ser así, entonces se encontrará en este caso, confirmando la resolución que sus padres o tutores tomaron a su nombre en la fecha de su bautismo. No obstante, como este sacramento inculca carácter, quien obtuvo el bautismo, indistintamente de que lo convalide o no por medio del sacramento del Crisma o Confirmación, se hallará bautizado para la eternidad.

Símbolos

Dentro de la Iglesia católica, el sacramento del bautismo cuenta con diversos símbolos, pero hay cuatro primordiales,  los cuales son: el agua, el aceite, el manto blanco y la vela. Cada uno simboliza un enigma en la vida de los bautizados. Sumado a estos símbolos (que son los más importantes), el ritual romano igualmente incluye la sal, pero este símbolo es empleado únicamente de acuerdo a las directrices pastorales de las Iglesias particulares.

A continuación se muestra el significado de los símbolos:

  • Agua: Simboliza el pase de la existencia “pagana” a una “nueva vida”. Ella cuenta con el elemento de purificación, al lavarnos el pecado original.
  • Aceite: Simboliza la fuerza del Espíritu Santo. En la antigüedad, los luchadores utilizaban el aceite previo a la contienda para robustecer sus músculos y así poder ganar. En la nueva existencia lograda mediante el bautismo él contempla la misma función, recubrir al bautizado para las luchas diarias contra los desafíos del maligno.
  • Manto Blanco: Simboliza la nueva vida lograda por el bautismo. Luego de tomar un baño nos ataviamos con una ropa limpia, en el bautismo no sería distinto. Somos purificados en el agua y trajeados de una nueva vida.
  • Vela: Cuenta con dos acepciones: el Espíritu Santo y el don de la fe. Por el bautismo somos cubiertos de numerosas gracias y la primordial es el Espíritu Santo, pues estaremos unidos a Dios como hijos para ser consagrados y esta santificación es efectuada mediante el Espíritu Santo. La fe es un don esencial para nuestra existencia, es por medio de la que reconocemos a Dios y por ella obtenemos su gracia.

La Celebración del Bautismo

¿Quién puede ser merecedor del Bautismo y quién lo puede suministrar? Aquel ser humano que no haya recibido el bautismo, y únicamente el, tiene potestad para recibirlo. El ministro regular del Bautismo es quien lo suministra, sea obispo o presbítero y, en la Iglesia latina, igualmente el diácono. De ser necesario, puede ser cualquier persona, inclusive no bautizada, si está dispuesto a realizarlo según lo que hace la Iglesia al bautizar y utiliza la fórmula bautismal trinitaria.

Celebración

El Bautismo cristiano se oficia bañando en agua al que lo ha de obtener (acto de inmersión) o vertiendo agua en la cabeza (acto de infusión), al tanto que el ministro clama a la Santísima Trinidad. El ritual completo está compuesto de tres momentos.

Preparación: Se trata de la bendición del agua, en la dimisión de los padres y padrinos al pecado, en el ejercicio de la fe y en una interrogante a los padres y padrinos acerca de si desean que el niño reciba el bautismo.

Ablución o Bautismo: Al tanto que el ministro baña con agua a quien es bautizado, exclama: “Yo te otorgó el bautizo en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu Santo”

Ritos complementarios: Están compuestos por  la crismación, el manto blanco y la entrega de la luz. La crismación es el proceso por el que el ministro unge la cabeza a cada bautizado con el sagrado crisma, como signo de ingreso como parte del pueblo devoto; El manto blanco, señal de la nueva vida y orgullo del cristiano. La entrega de la luz de Cristo manifestada por una vela cuya llama se toma del cirio pascual.

Crisma o Confirmación

Se llama confirmación del Bautismo o Crisma al acto cuando el que recibió bautismo confirma su fe en Cristo, recibiendo la unción a través de la ceremonia así como los siete dones del Espíritu Santo. La unción es impartida por el Obispo o padre con autorización y se emplea para ello aceite consagrado el Jueves Santo.

Es un sacramento que se considera entre los sacramentos para el inicio cristiano por el que quienes recibieron bautismo se incorporan de modo pleno como integrantes de la comunidad. A quienes recibieron bautismo, el sacramento de la Confirmación los ata con mayor intimidad a la Iglesia y los beneficia con una fortaleza particular del Espíritu Santo.

De modo simple, el acto es la renovación de las “promesas del bautismo”, interrogantes hechas por el obispo que dirige las cuales dice en voz alta y contesta del mismo modo en la Confirmación de la comunidad. Al igual que en el bautismo, la confirmación igualmente inculca carácter, pudiéndose suministrar únicamente una vez a cada persona.

Ya que es un acto de asentimiento de los compromisos, la persona puede nunca obtener el crisma o, aunque participe de la ceremonia, no termina confirmando estos compromisos. De cualquier manera, el que no obtuvo la confirmación o que no quiso renovar los compromisos del bautismo, puede obtenerlos en cualquier tiempo. El crisma es, por ende, un sacramento subordinado, que complementa al bautismo, ya que no tiene relevancia dada a los que no han recibido bautismo.

Institución

El Concilio de Trento proclamó que la Confirmación era un sacramento instaurado por Cristo, no obstante haber sido rechazado por los protestantes debido a que, de acuerdo a ellos, no se conocía el momento exacto de su instauración. Se sabe que fue instaurado por Cristo, ya que únicamente  Dios puede aunar la gracia a un signo exterior.

Adicionalmente hallamos en el Antiguo Testamento, muchas alusiones por parte de los profetas, de la obra del Espíritu en la era mesiánica y la misma advertencia de Cristo de una llegada del Espíritu Santo para consumar su obra. Estos avisos nos señalan un sacramento diferente al Bautismo.

El Nuevo Testamento nos relata la forma en que los apóstoles, en obediencia a la voluntad de Cristo, hacían imposición de manos, transmitiendo el Don del Espíritu Santo, dedicado a suplementar la gracia del Bautismo.

“Al conocer los apóstoles que se encontraban en Jerusalén de que Samaria había admitido la Palabra Divina, les mandaron a Pedro y a Juan. Estos descendieron y rezaron por ellos para que acogieran al Espíritu Santo; pues aún no había descendido sobre ninguno de ellos; solo habían sido bautizados a nombre del Señor Jesús. Fue así que les imponían las manos y acogían al Espíritu Santo”. (Hech. 8, 15-17;19, 5-6).

Significado de la Confirmación

El Concilio Vaticano II señala: “por el sacramento de la Confirmación se asocian (los cristianos) de manera más estrecha con la Iglesia, se benefician con una energía especial del Espíritu Santo y con ello quedan forzados con más rigor a divulgar y defender la fe como auténticos testigos de Cristo, por la palabra en conjunto con las obras” (Lumen Gentium, 11)

Primeramente es conveniente reafirmar que el sacramento por el que obtenemos el Espíritu Santo, el Sacramento del Espíritu, es el Bautismo. Con él se nace de forma espiritual y nos hacemos parte de la existencia de la Santísima Trinidad y empezamos a vivir una existencia sobrehumana. La Confirmación es el fortalecimiento de la Gracia Bautismal.

Es un progreso espiritual ya que en este sacramento se renuevan las promesas del Bautismo que otros realizaron por nosotros si es que fue recibido al poco tiempo de nacido. Su finalidad es mejorar lo que el Bautismo inició en nosotros. Se puede señalar que en cierta manera nos bautizamos para luego ser confirmados.

Lo más característico del signo de la Confirmación es la imposición de manos y la unción con el crisma. Con este proceso se da a conocer el nombre de cristiano que quiere decir “ungido” y que se origina en el nombre de Cristo, al que el Señor ungió con el Espíritu Santo.

¿Quién Puede Recibir este Sacramento?

Todo aquel que recibió el bautismo puede obtener el sacramento de la Confirmación. Aún así se sugiere que se obtenga al tener pleno uso de razón, ya que este sacramento se estima como “el sacramento de aquel que es maduro cristianamente”. Se requiere una preparación anticipada para que el confirmado pueda contraer mejor las obligaciones apostólicas de la existencia cristiana.

Como previamente se había explicado la particular gracia de este sacramento es el robustecimiento de la fe, el incremento de la gracia santificante. El Señor, no puede incrementar lo que no se haya presente, de ahí que el que lo obtiene deba hacerlo en situación de Gracia, esto es arrepentirse y manifestar los pecados previo a la confirmación. Obtenerla en pecado mortal sería abusar del sacramento, una grave falta de sacrilegio.

El ministro regular de la Confirmación es el obispo, aunque, en caso de ser necesario, éste puede conferir a presbíteros la potestad de suministrar el sacramento, es conveniente que lo conceda el mismo, sin olvidar que por este motivo el oficio de la Confirmación fue provisionalmente separado del Bautismo.

Los obispos son los herederos de los apóstoles y han obtenido la totalidad del sacramento del Orden. Por este motivo, el suministro de este sacramento por ellos mismos pone de manifiesto que la Confirmación tiene como fruto aunar a los que le obtienen de forma más estrecha con la Iglesia, a su procedencia apostólica y a su propósito de dar testimonio de Cristo. (CIC, 1290)

 Celebración de la Confirmación

En el oficio litúrgico de este sacramento confluyen tres elementos que deben ser indicados:

  • La regeneración de las promesas del Bautismo, por la que el confirmando hace manifestación y compromiso sincero de vivir al modo de Cristo.
  • La imposición de manos que el obispo realiza sobre los confirmandos. El instante decisivo de la Confirmación por el que el Obispo coloca su mano sobre la cabeza del confirmando y le unge la frente con el sagrado Crisma al tanto exclama estas palabras: “obtén por esta señal el don del Espíritu Santo”

El saludo de la paz finaliza el ritual, denota y expresa la comunión eclesial con el obispo y con todos los creyentes.

Eucaristía (Primera Comunión)

La riqueza inacabable de este sacramento se manifiesta en los diferentes nombres que se le ha otorgado:

Eucaristía: de procedencia griega “Eukharistia”, quiere decir “acción de gracias”. Este vocablo rememora las bendiciones judías que aclaman las obras de Dios: la creación, la salvación, la santificación. (cfr. Lc. 22,19; 1 Co 11,24; Mt 26,26; Mc 14,22).

Banquete del Señor: puesto que se trata de la Cena que el Señor ofició con sus prosélitos la víspera de su pasión ( 1 Co 11,20).

Fracción del Pan: ya que este rito fue usado por Jesús cuando bendecía y repartía el pan como jefe de familia. Con este término los primeros cristianos denominaron sus asambleas eucarísticas. Con esas palabras se quiere decir que todos los que se alimentan de este único pan partido, que es Cristo, ingresan en comunión con Él y conforman un solo cuerpo en Él ( cfr. Mt 14,19; 15,36; Mc 8, 6-19; Hch 2,42.46; 20, 7.11; 1 Co 10, 16-17).

Asamblea Eucarística: ya que la Eucaristía es oficiada en la asamblea de los devotos, manifestación visible de la Iglesia. ( Cf 1 Co 11, 17-3)

Santo Sacrificio: ya que pone al día el único sacrificio de Cristo Redentor e incorpora la ofrenda de la Iglesia (Cfr. Hch 13,15; Sal 116, 13.17; 1 Pe 2,5)

Comunión: ya que por este sacramento nos juntamos a Cristo que nos hace parte de su Cuerpo y de su Sangre para constituir un solo cuerpo (Cfr. 1 Co 16-17).

Santa Misa: ya que cuando la Eucaristía se oficia en latín se decía adiós a la gente con la frase “Ite Missa est”, que relata del envío a acatar con la voluntad divina en su vida.

La Sagrada Eucaristía concluye el inicio cristiano. Los que han sido enaltecidos a ser dignos del sacerdocio verdadero por el Bautismo y conformados más intensamente con Cristo en la Confirmación, hacen parte, a través de la Eucaristía con todo el colectivo, en el sacrificio mismo del Señor.

Cristo instauró en la Ultima Cena, la ofrenda eucarística de su cuerpo y su sangre para eternizar por los siglos el sacrificio de la cruz y encomendar el memorial de su deceso y resurrección a la Iglesia. Es señal de unidad, nexo de amor, banquete pascual en el que se recibe a Cristo.

Es la conmemoración en memoria de Cristo, celebrando su Última Cena, su pasión y su resurrección. En ese oficio, el cristiano obtiene la Hostia consagrada. Es el sacramento trascendental, que le otorga a los creyentes la oportunidad de obtener e ingerir físicamente el que se estima como Cuerpo de Jesucristo, en que se convirtió el pan consagrado por el sacerdote, así como el vino se convierte en su Sangre.

En el sacramento de la Eucaristía, la Hostia bendita (el pan) es repartida a los creyentes, que la ponen en la boca y tragan con lentitud y respeto. Para obtener la Hostia o comulgar, el creyente debe encontrarse en “estado de gracia”, o sea, debe previamente haber confesado sus pecados y obtenido la absolución divina en el sacramento de la Confesión o Penitencia (se puede tomar la comunión si los pecados no son faltas graves o mortales).

Regularmente, la consagración acontece en el oficio de la Misa, ritual igualmente denominado de Santo Sacrificio. El sacrificio es justamente el hecho de la consagración. Se trata de la recreación, a través de la misa, de un episodio de la Última Cena de los apóstoles con Cristo, al ser servido a los apóstoles pan y vino de parte de Él, notificándoles que aquello era su cuerpo y su sangre.

La Iglesia católica sustenta que, al sacerdote pronunciar las palabras rituales «Este es mi cuerpo» cuando se refiere al pan y «Esta es mi sangre» al referirse al vino, acontece un fenómeno denominado transubstanciación, es decir, la substancia material que compone al pan se transforma en el cuerpo de Cristo y la que compone al vino se transforma en su sangre.

En la Biblia, lo que señala el Señor Jesucristo es de naturaleza figurativa, como la mayor parte de sus palabras si se hace una equiparación o parábola para entenderlas mejor, que no es este el caso ya que las pronunciaba únicamente a sus prosélitos e hizo énfasis en las palabras «este es mi cuerpo…» y «esta es mi sangre…».

El pan producto de la transubstanciación es repartido a los devotos que, a los que tragan la Hostia están tragando el cuerpo de Cristo. A la Eucaristía se le considera el sacramento de la acción de gracias, en el significado del vocablo original griego εὐχαριστία (transc. “eukharistia”).

Institución

En el Antiguo Testamento se han encontrado diversas representaciones anticipadas de este sacramento, como son las siguientes:

  • El maná, con el que fue alimentado el pueblo de Israel a través de su peregrinación por el desierto. (Cfr. Ex. 16,) .
  • La ofrenda de Mequisedec, clérigo que en acción de gracias por el triunfo de Abraham, brinda pan y vino. (Cfr. Gen. 14, 18).
  • El mismo sacrificio de Abraham, que se encuentra dispuesto a ofrendar la vida de su hijo Isaac. (Cfr. Gen. 22, 10).
  • Asimismo como, el sacrificio del cordero pascual, que liberó de perecer al pueblo de Israel, en Egipto. (Cfr. Ex. 12).

También la Eucaristía fue aludida, a modo de profecías, en el Antiguo Testamento por Salomón en el volumen de los Proverbios, en el cual manda a los siervos a ir a comer y tomar el vino que les había dispuesto. (Cfr. Prov. 9,1). El profeta Zacarías menciona al trigo de los escogidos y del vino que purifica.

El mismísimo Cristo, tras la multiplicación de los panes, presagia su presencia real, corpórea y sustancial, en Cafarnaúm, al decir: “Soy yo el pan de vida …… De uno comer de este pan vivirá eternamente, ya que el pan que yo otorgaré es mi carne, para la vida del mundo”. (Jn. 6, 32-34;51)

Cristo, al saber que había arribado su “hora”, luego de asear los pies a sus apóstoles y de otorgarles el mandamiento del amor, instaura este sacramento el Jueves Santo, en la Última Cena (Mt. 26, 26 -28; Mc. 14, 22 -25; Lc. 22, 19 – 20). Todo ello con la finalidad de permanecer entre los hombres, de jamás apartarse de los suyos y hacerlos parte de su Pasión. El sacramento de la Eucaristía emerge del ilimitado amor de Jesucristo por el hombre.

 

El Concilio de Trento proclamó como verdad de fe, que la Eucaristía es auténtico y propio sacramento ya que en él se hallan evidentes los elementos fundamentales de los sacramentos: la señal exterior; sustancia (pan y vino) y forma; concede la gracia; y fue instaurado por Cristo.

Cristo abandona la orden de oficiar el Sacramento de la Eucaristía y persiste, como se puede evidenciar en el Evangelio, en la necesidad de obtenerlo. Señala que hay que comer y beber su sangre para poder redimirlos. (Jn. 6, 54).

La Iglesia siempre ha sido leal al mandato de Nuestro Señor. Los cristianos originarios se congregaban en las sinagogas, en las cuales leían unas Lecturas del Antiguo Testamento y después acontecía lo que denominaban “fracción del pan”. Al ser echados de las sinagogas, continuaban reuniéndose en cierto sitio una vez a la semana para repartir el pan, consumando así la orden que Cristo les dejó a los Apóstoles.

Paulatinamente se le fueron agregando nuevas lecturas, plegarias, etc. hasta que en 1570 San Pío V definió como habría de ser el rito de la Misa, el cual se mantuvo hasta el Concilio Vaticano II.

La Comunión

El Señor nos comunica una invitación apremiante a ser recibido en el sacramento de la Eucaristía “En realidad, en verdad les digo: si no comen la carne del Hijo del hombre y no beben su sangre, no tendrán vida en ustedes” (Jn 6,53).

Para contestar a esta invitación, hemos de alistarnos para este instante tan grandioso y santo. San Pablo incita a un examen de conciencia: “Quien se alimente del pan o tome del cáliz del Señor de forma indigna, será preso del Cuerpo y de la Sangre del Señor. Evalúense, pues todos, y aliméntese entonces del pan y beba del cáliz.

Ya que quien come y bebe sin distinguir el cuerpo, come y bebe su propia pena”( 1 Cor 11, 27-29) Quien se encuentra  consciente de hallarse en pecado severo debe obtener el sacramento de la Reconciliación antes de aproximarse a comulgar.

Ante la grandiosidad de este sacramento, el creyente únicamente puede reiterar con humildad y con fe apasionada las palabras del Centurión “Señor, soy indigno de que ingreses en mi casa, pero una palabra tuya será suficiente para curarme”.

La Iglesia fuerza a los creyentes a ser parte los domingos y días festivos en la sagrada liturgia y a acoger al menos anualmente la Eucaristía, si es factible en temporada pascual. Pero la Iglesia sugiere vivamente a los devotos a acoger la santa Eucaristía los domingos y días festivos, o con mayor frecuencia aún, inclusive diariamente.

Frutos de la Comunión

  • Incrementa la alianza con Cristo: “quién se alimenta de mi Carne y toma mi Sangre, vive en mí y yo en él” (Jn 6,56.
  • Robustece el Espíritu: Lo producido por el alimento material en la vida corpórea, la comunión lo hace de modo admirable en la existencia espiritual. La comunión preserva, incrementa y renueva la vida de gracia obtenida en el Bautismo.
  • Aparta del pecado: como el alimento es útil para reponer la pérdida de fuerzas, la Eucaristía robustece la compasión, que en la vida diaria, propende a ser débil, y esta compasión reanimada elimina los pecados veniales. Al participar más en la vida de Cristo y más se avanza en su amistad, es más dificultoso romper con él por el pecado mortal.
  • Implica un compromiso a favor de los otros: para obtener en la verdad el cuerpo y la sangre de Cristo al quien entregamos, hemos de reconocer a Cristo en el prójimo, particularmente en los más humildes y necesitados.
  • Fortalece la unidad del Cuerpo místico: La Iglesia es hecha por la Eucaristía. Los que obtienen la Eucaristía se aúnan de manera más estrecha a Cristo, por eso mismo, Cristo junta a todos los creyentes en un único cuerpo que es la iglesia. La Comunión renueva, fortalece y ahonda la integración a la Iglesia hecha ya por el Bautismo.

La Celebración Eucarística

La Eucaristía o Misa está compuesta de dos grandes componentes. Por un lado la Liturgia de la Palabra que se divide en:

  • Rito de entrada: los cristianos asisten a un mismo sitio para la asamblea eucarística elogiando y otorgando gracias al Señor. Al frente está Cristo mismo que es el Supremo Sacerdote, su delegado es el sacerdote quien dirige el oficio y opera a su nombre. Se inicia con el saludo clamando a la Santísima Trinidad
  • Acto penitencial: es aceptarse pecadores y pedir absolución a Dios para aprestarse a oír su Palabra y a conmemorar con dignidad la Eucaristía conformados en una comunidad. Esta incluido el Señor Se Piadoso y el Gloria, adicionalmente la Oración Colecta que manifiesta generalmente la naturaleza del oficio con una plegaria a Dios Padre, por Cristo en el Espíritu Santo.
  • Liturgia de la Palabra: se compone de las lecturas de la Sagrada Escritura, continuadas por la homilía que es una reflexión y descripción de la Palabra Divina. Se declama el Credo o Profesión de Fe y se efectúa la Oración de los Creyentes.

Por otro lado se encuentra la Liturgia de la Eucaristía, la cual se divide en:

  • Ofertorio: o exposición de las ofrendas que se colocan sobre el altar, compuestas por el pan y el vino que en conjunto con la vida del hombre se brindan a Dios.
  • Plegaria Eucarística: se agradece a Dios por la obra de la redención y por sus dones, el pan y el vino. Se ruega la presencia del Espíritu Santo para que los transforme en el Cuerpo y la Sangre de Cristo, reiterando las mismas palabras que Jesús enunció en la Ultima Cena.
  • Fracción del Pan y el Rito de Comunión: que expresa la unidad de los creyentes. Se declama el Padre Nuestro y los devotos obtienen el Cuerpo y la Sangre del Señor, de igual manera que los Apóstoles los obtuvieron de manos de Jesús.
  • Rito de despedida: Saludos y bendición del sacerdote, para acabar con la despedida en la cual se convoca al pueblo para que retorne a sus actividades haciendo vida el Evangelio.

Por lo anterior, hemos de considerar a la Eucaristía como:

  • Acción de gracias y loas al Padre
  • Memorial de la Ofrenda de Cristo y de su Cuerpo
  • Comparecencia de Cristo por potestad de su Padre y de su Espíritu

“Jesús se oculta en el Santísimo Sacramento del altar, para que osemos tratarle, para ser el sustento de nosotros, con la finalidad de que nos convirtamos en una sola cosa con Él. Al pronunciar que sin mí no puedes nada, no condenó al cristiano a la inacción, ni le forzó a una búsqueda intrincada y dura de su Persona. Ha permanecido entre nosotros siempre disponible”.

Al congregarnos delante del altar al tanto se oficia el Santo Sacrificio de la Misa, cuando observamos la Sagrada Hostia exhibida en la custodia o la veneramos oculta en el Sagrario, hemos de revitalizar nuestra fe, reflexionar en esa existencia novedosa, que llega a nosotros, y emocionarnos ante el afecto y la ternura divina” (J. Escrivá de Balaguer, Es Cristo que pasa No. 153).

La Iglesia conoce que, ya en este momento, el Señor llega en su Eucaristía y que está allí entre nosotros. No obstante esta aparición se muestra disimulada. Por ello oficiamos la Eucaristía “al tanto aguardamos la gloriosa llegada de Nuestro Señor Jesucristo”

Confesión o Reconciliación o Penitencia

Dado que la existencia nueva de la gracia, obtenida en el Bautismo, no eliminó la vulnerabilidad de la naturaleza humana ni la propensión al pecado ( la concupiscencia), Cristo instauró este sacramento para la transformación de los bautizados que se han apartado de Él por el pecado.

 

Es la revelación de los pecados a un sacerdote, que imputa la penitencia para que, una vez consumada, se propicie la reconciliación con Cristo. Es decir, es el sacramento que otorga al cristiano católico la ocasión de aceptar sus pecados, arrepentirse y procurar no pecar más, para así ser absuelto por Dios.

Reconocer los pecados radica en su confesión a un sacerdote, que las oye a nombre de Dios y otorga a aquel devoto la absolución y la paz por el ministerio de la Iglesia. Desde la perspectiva  formal, el que se confiesa se pone de rodillas delante de un sacerdote, el confesor, y a él le manifiesta que cometió pecado, que desea revelar lo que hizo e implorar a Dios que absuelva sus pecados.

Tras escucharlo, corresponde al sacerdote otorgar sus palabras de sugerencia, de censura, de guía y consuela al penitente, para recomendar la penitencia a ser consumada. El confesado debe orar la plegaria llamada Acto de Arrepentimiento, luego de que el sacerdote confiere las palabras de absolución y bendice al penitente, que se marcha para cumplir la pena que se le ordenó.

La Iglesia católica estima que el sacramento de la penitencia es un hecho purificador, que ha de ser ejercitado previo a la Eucaristía, para que esta sea obtenida con el alma pulcra por la absolución de los pecados. Pero, se comprende asimismo que ese efecto purificador es reverenciar, siendo provechoso para el espíritu en cada ocasión que es practicado.

Uno de los más rigurosos deberes que se le imponen al sacerdote de parte de la Iglesia es el secreto de confesión. El sacerdote tiene la rigurosa y plena obligación de no revelar lo que escucha de los fieles en el confesionario. La inobservancia de ese deber se estima como uno de los más grandes y más graves  pecados en que un cura puede incurrir y lo expone a penas severas de parte de la Iglesia. (Jn 20,23; St 5,15)

Unción de los Enfermos

Gracias al sacramento de la Unción de enfermos (antes denominado como Extrema Unción) la Iglesia asiste en auxilio de sus hijos, que comienzan a estar en riesgo de morir por enfermedad severa o vejez. El sacramento de la Unción de enfermos otorga al cristiano gracia para derrotar los inconvenientes relativos a la condición de enfermo grave o vejez.

La Unción de aquellos que están enfermos es el sacramento por el que el sacerdote ora y unge a los que padecen para incitarles la sanación por medio de la fe, oye sus lamentaciones y les fomenta el perdón divino. Este sacramento se puede otorgar a cualquier persona que se halle enfermo, y no únicamente a aquellos que se encuentren en estado de fallecer en cualquier instante. (St 5, 14-15)

Orden Sagrado

El sacramento del Orden es aquel por medio del cual, la misión encargada por Cristo a sus Apóstoles, sigue siendo practicada en la Iglesia por toda la eternidad. Para los requerimientos sociales de la Iglesia y de la colectividad civil, Jesucristo instauró el Orden Sacerdotal y el Matrimonio, mandados para la redención de los demás; por eso son conocidos como sacramentos al servicio del colectivo.

El sacramento de la orden otorga el poder para desempeñar ocupaciones y ministerios eclesiásticos que son concernientes al culto divino y a la redención de las almas. Está separado en tres niveles:

  • El Episcopado: Otorga la totalidad de la orden y hace al candidato legítimo heredero de los apóstoles y le son encomendados los oficios de instruir, santificar y dirigir.
  • El Presbiterado: Conforma al candidato al Cristo sacerdote y benévolo pastor. Tiene la potestad de actuar a nombre de Cristo cabeza y suministrar el culto divino.
  • El Diaconado: Otorga al candidato el mandato para el servicio en la Iglesia, por medio del culto a Dios, del sermón, de la guía y sobre todo de la caridad.

Matrimonio

La unión del matrimonio entre el hombre y la mujer, creada y conformada con leyes particulares otorgadas por el Creador, está mandada por su propia índole a la comunión y al bienestar de los cónyuges, y a la concepción y formación de los hijos. Jesús nos ha enseñado que, de acuerdo al propósito inicial de Dios, la alianza del matrimonio es inseparable: «Lo que Dios ha juntado, que no lo divida el hombre» (Mc 10, 9).

Es el sacramento que constituye y bendice la alianza entre un varón y una mujer, y crea una nueva familia cristiana. Matrimonio es la unión entre varón y mujer, oficiado en la Iglesia y santificado en la perdurabilidad y en la lealtad.

Una característica distintiva del sacramento del matrimonio es que no es celebrado por el sacerdote, sino por la misma pareja que, efectuando el sacramento ante la Iglesia, ruegan y obtienen del sacerdote la bendición para la nueva familia que nace en ese acto.

Las Iglesias ortodoxas igualmente conmemoran estos siete sacramentos. Para las iglesias reformadas, como se ha aludido anteriormente, dichos signos expresan la gracia, pero no la otorgan.

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